Acentos

«Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas,
y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola es necesaria,
María eligió la mejor parte, que no le será quitada».
(Lc 10,41-42)

 

En este capítulo, quiero proponerles algunos énfasis tanto para nuestra vida personal como para la comunitaria y pastoral.

Son solo unos pocos acentos que no abarcan toda la vida ni todas las opciones, pero que tal vez puedan servirnos en este tiempo concreto y en cada Iglesia a la que somos enviados a servir.

Con ocasión del primer centenario de la fundación de la Congregación, el Rector Mayor Claudio Toesca ofrecía a los hermanos tres breves resúmenes que, vistos en perspectiva, nos sirven hoy a nosotros como telón de fondo en cuanto que siguen conservando toda su energía pastoral.

En efecto, él señala que el «padre Lanteri propuso tres medios, muy válidos e infalibles, siempre que fueran utilizados con método y perseverancia:

1- La voz viva del misionero que, en las grandes ocasiones de misión y ejercicios -como voz de un nuevo profeta enviado por Dios a los pueblos- amonesta, amenaza, invita y convence.

2- La voz tranquila pero solemne del libro -de apologética, de piedad, de historia- que entra en todas partes, puede ser leído y meditado por todos, se insinúa, atrae, cautiva y persuade.

3- La voz del director espiritual, que desciende a las misteriosas profundidades del alma, la ilumina, la sacude, la sostiene y la guía entre las tormentas de la vida» [47].

Entonces, poniendo la mirada primero en lo personal, quisiera subrayar particularmente la oración y el discernimiento como búsqueda obediente de la voluntad del Padre.

En lo referente a las dinámicas comunitarias, (re)propongo la búsqueda del silencio y la quietud y el esfuerzo particular por evitar el aislamiento.

Por último, y en perspectiva pastoral, hago hincapié en la esperanza que se sostiene en la compasión, la misionariedad y la pedagogía ignaciana; la pastoral juvenil vocacional; la misión compartida con los laicos y la relación especial con nuestras hermanas.

[47] Cf. P. Claudio Toesca omv, Rector Mayor, “Carta circular del Rector Mayor, Padre Claudio Toesca, en el primer centenario de la primera aprobación del Instituto, 13 de noviembre de 1816 – 13 de noviembre de 1916”.

1- Orar

Nunca insistiremos lo suficiente en la necesidad de cuidar y acrecentar la vida en el Espíritu.

El papa Francisco, siempre que ha podido, ha pedido a consagrados y pastores que no abandonen la adoración; es decir, ese sencillo estar a los pies del Señor para escuchar su Palabra, como el cachorro que aguarda las migajas que caen de la mesa de su dueño.

Recuerdo que, siendo postulante, el padre Julio Brugnoli me previno sobre la oración como tiempo de lectura o de estudio: En realidad, es un momento de amor, me dijo.

La centralidad en la escucha de la Palabra del Señor [48] nos abre a una mejor capacidad de acogida, talla nuestro corazón de pastor y nos envía al servicio al modo de Jesús.

El tiempo gastado junto a él es la médula del camino de aceptación e integración de nuestra fragilidad; nos libera de los narcisismos ocultos y nos vuelve pan blando para alimentar al pueblo.

Y si estás cansado o tentado, si te sientes alejado del Señor o demasiado encerrado en ti mismo, reconoce lo que eres, confiesa tu debilidad y «luego dirígete a la bondad infinita de Dios y clama sin cesar: el abismo de la miseria invoca al abismo de la misericordia. Sí, clama, clama ahora, de nuevo y una vez más repite: desde la profundidad de mis limitaciones, de mis luchas, de mi carga, clamo con gran confianza a las profundidades infinitas de tu amor, de tu misericordia, de tu compasión» [49].

Volver a las fuentes de la espiritualidad nos hace bien; nos vuelve sencillos y humildes.

Siempre habrá una tentación rondándonos que halagará nuestra madurez espiritual con el único objetivo de evitar la oración simple, austera y desprovista de fuegos artificiales y búsquedas de nuevas sensaciones; esa misma tentación nos hará difícil también el diálogo espiritual con un guía y pondrá obstáculos -incluso culpas- para evitar confrontar nuestras mociones y opciones.

[48] “Y en la escucha deel evangelio del día”, insistía Julio Cura.
[49] Cf. P. Timoteo Galagher omv, “Si quieres paz en esta vida, Las Cartas Espirituales del Venerable Bruno Lanteri”, 2025

2- Escuchar, discernir y obedecer

La capacidad de escucha se ensancha en la medida en que la capacidad de amar madura; porque ¿cómo podría escuchar a Dios, a quien no ve, quien no escucha a su hermano, a quien sí ve? (cf. 1 Jn 4, 20).

Por eso, el corazón que no escucha se endurece (cf. Sal 95, 7-8) y se incapacita para el discernimiento, que nunca es individual, sino personal y eclesial.

Por más que debamos tomar decisiones muy íntimas, estas nunca maduran al margen de una comunidad concreta.

El oído abierto es la premisa para encontrar y concretar el sueño del Padre en la vida de cada uno de nosotros y de todos nosotros juntos.

En ese marco de búsqueda común del querer del Padre se inscribe la obediencia.

También aquí -y perdón si puede parecer una obviedad reiterada- podríamos parafrasear la premisa joánica sobre el amor y corroborar que la obediencia al Padre que no se encarna en una comunidad fraterna real corre el riesgo de ser, al menos, ilusoria; sin embargo, en la cotidianidad vemos que son muchos los consagrados que prefieren discernir al margen de su comunidad, tal vez imaginando que así «obedecen a Dios antes que a los hombres» (cf Hch 5,29).

A modo de ejemplo, poco tiempo atrás el superior general de una congregación española compartía el estupor que siente al verificar la barrera infranqueable con la que se encuentra a la hora de intentar acompañar el discernimiento de los hermanos, particularmente de los que desean dejar el Instituto.

Él aseguraba no comprender una dinámica muy precisa: la familia religiosa que sostuvo el discernimiento vocacional de los hermanos no es estimada capaz de estar -o efectivamente no esté- a la altura del discernimiento en tiempos de crisis [50].

El servicio de la autoridad no siempre ejercido según el espíritu del evangelio -y por lo que ya hemos pedido perdón- no invalida la invitación constante del Señor a la identificación personal con él que se hizo «obediente hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2, 8).

Esa es la obediencia difícil; y es difícil porque es aceptada.

El «sí» confiado, madurado, nos introduce en nuestro propio Getsemaní, donde discutiremos mano a mano con el Padre.

El «sí» entregado -aunque sea pequeño y endeble- nos convierte en interlocutores y socios del Dios que ama profundamente este mundo y solo tiene designios de salvación para él.

[50] Este general lamentaba que en estos contextos suelen contaminarse las figuras del director espiritual, y del confesor; y la del obispo que aparecerá en el horizonte a (querer) resolver al problema.

3- Hacer silencio

He oído de muchos hermanos el deseo de actualizar el viejo binomio «silencio y recogimiento», no tanto con el objetivo de sustituirlo por otro mejor y enviar este definitivamente al altillo de las cosas viejas, sino más bien para recuperar toda su novedad y potencia en un mundo en el que las relaciones mutuas están atravesadas por el ruido de la tecnología y la distracción que adormece.

Es verdad, es urgente recuperar el pudor del silencio y de la quietud para cada uno personalmente y para nuestros modos de vincularnos.

Nos toca transitar una época en la que se habla mucho y se comunica poco.

Conocemos todos los detalles del mundo y de las personas en el instante mismo en que las cosas suceden; pero no tenemos -no podemos tener- suficiente capacidad humana para digerir eso que en realidad no alimenta.

Además, los consagrados -y muy especial los que ejercemos el ministerio de la reconciliación- debemos cuidar muchísimo lo que decimos, lo que callamos, lo que consumimos y producimos.

Estamos atravesados por un silencio que nos vuelve confiables; y tal vez por eso mismo recuerda sin disimular que el Padre es misericordioso.

Ese silencio se transparenta muchas veces en las pocas palabras, pero por sobre todo se hace presente en una conciencia serena.

Palabra y silencio son formas de comunicar que se entrecruzan equilibradamente entre sí.

Son formas de estar en el mundo, porque los consagrados estamos hechos de la Palabra y del Silencio del Padre.

4- Evitar el aislamiento

Las tecnologías -lo dijimos recién- forman parte estructural de nuestras relaciones; funcionan como una mediación casi obligatoria sin la cual muchos no encuentran la manera de entrar en diálogo con el otro.

Sin embargo, constatamos que «la comunicación digital acentúa el aislamiento. Se da la paradoja de que los medios sociales socavan lo social, erosionan la cohesión social. El contacto sustituye a la relación; no tenemos trato, vivimos en una sociedad en la que no nos tratamos porque, a diferencia del trato, el contacto no crea proximidad. La relación con el otro se echa a perder cuando el otro, que para nosotros era un ‘tú’, se ha degradado en un ‘ello’, en un objeto que ya solo satisface mis necesidades y mi ego. Una vez que el otro ha quedado reducido a un mero reflejo mío, pierde su diferencia y su alteridad. La sociedad se vuelve entonces cada vez más narcisista, se pierden las relaciones y el trato, y la angustia se hace más intensa» [51].

Es necesaria la pedagogía del buen trato, capaz de crear encuentro verdaderamente humano sin intermediaciones.

El tiempo que dedicamos a estar con alguien nos vuelve dichosos y pone de relieve que el otro lleva en sí una luminosidad que solo se percibe desde cerca y con tiempo, en silencios compartidos y con mucha escucha.

Tal vez, más que nunca, debamos ser artesanos de amistad y aceptar que la intergeneracionalidad y la interculturalidad son ese bello testimonio que manifiesta la posibilidad de construir una realidad mejor y que el corazón del mundo puede latir por motivos mejores.

Entonces, recién allí cuando se pone al servicio de la cultura del encuentro la mediación digital encuentra su norte.

Recuperar el diálogo requiere mucha docencia.

Ya lo sabemos, hablar no siempre significa estar dialogando.

Y tampoco esto es sencillo, porque el valor de la palabra ofrecida con la intención de buscar acuerdos fue sustituido por la imposición de argumentos sostenidos por la agresión y el maltrato.

Comunicar es mucho más que hablar y crear espacios de diálogo lo es más aún.

[51] Cf. Byun-Chul Han, “El espíritu de la esperanza”, Herder, 2024

5- Sostener la esperanza

En nuestro servicio pastoral cotidiano vemos que muchas veces la esperanza se renueva en el corazón de tantas mujeres y hombres que viven en medio de dificultades y amenazas.

Ayudar a sostenerla, sin camuflarla en optimismos, es posiblemente uno de los mejores servicios que podemos ofrecer.

Porque la esperanza «agudiza nuestros sentidos para percibir lo que aún no existe, lo que aún no ha nacido, lo que apenas despunta en el horizonte del futuro. Es la partera de lo nuevo; es una fuente interior de dinamismo y actividad. Más allá del mero ajetreo, la esperanza nos inspira para la brisa que nos trae el frescor de lo nonato» [52].

Tanto en el silencio del confesionario o del acompañamiento espiritual, como en el fragor del púlpito, la esperanza –partera de lo nuevo– se renueva en el perdón y en la compasión.

Cualquier persona, incluso el más violento de los seres humanos que experimente una real clemencia, puede descubrir que existe una nueva oportunidad que solo un amor gratuito es capaz de crear.

«Había un moralista en Turín que Lanteri seguramente conoció, Alasia, que había escrito un tratado de moral sobre el cual se formó la mayor parte del clero piamontés de esa época.

Decía que ‘la experiencia nos enseña que el mejor modo para alejar a estos hombres del pecado era difiriendo la absolución’.

Y no es verdad: la experiencia dice justamente lo contrario.

Lo mismo decía el obispo de Foligno: ‘el mejor remedio para reducir el número de los pecados es ser muy severos en la confesión y no dar la absolución hasta no estar seguros de la conversión’.

El resultado es totalmente negativo y fue una línea que se mantuvo por mucho tiempo.

Uno de los grandísimos méritos de Lanteri es haber sido el modelo de la sentencia contraria» [53].

En ese sentido se comprende todavía mejor la irrenunciable insistencia del papa Francisco: perdonar siempre y todo.

Es más: el oblato, al excusar, decide contemplar el corazón humano con la misma actitud con la que el Altísimo justifica al publicano en el templo o abraza al crucificado en el instante último, a la vez que se hace abogado de la conciencia acusada por el maligno (cf. Lc 18, 9-14; Ap 12,10).

[52] Byun-Chul Han, ib
[53] Giacomo Martina sj, “El contexto histórico de laacción evangelizadora de Lanteri”, Lanterianum 1994-1

6- Misionariedad

Las energías que todos ponen en sus comunidades son realmente notables; a veces sentimos que se nos pide mucho, incluso en medio de incomprensiones y poco reconocimiento; pero no podemos olvidar que el Señor nos agradecerá mucho el haber cuidado con amor a un pequeño rebaño que no nos pertenece.

«Los esfuerzos y las incomprensiones, sin embargo, pueden ser también ocasión de reflexión sobre los desafíos pastorales que debemos afrontar. En particular, en lo que respecta a la relación entre iniciación cristiana y evangelización, necesitamos un claro cambio de rumbo; en efecto, la pastoral ordinaria está estructurada según un modelo clásico que se preocupa, ante todo, por garantizar la administración de los sacramentos. Pero tal modelo presupone que la fe es transmitida también por el ambiente circundante, tanto por la sociedad como por el entorno familiar. Por ello, es urgente volver a anunciar el Evangelio: esta es la prioridad. Con humildad, pero sin dejarnos desanimar, debemos reconocer que parte de nuestro pueblo bautizado no experimenta su pertenencia a la Iglesia, lo cual nos invita a vigilar sobre una ‘sacramentalización’ sin otras formas de evangelización. En este contexto, la iniciación cristiana necesita ser revisada: es necesario experimentar otras modalidades de transmisión de la fe, fuera de los caminos clásicos, para intentar involucrar de manera nueva a los niños, a los jóvenes y a las familias» [54].

En esa perspectiva, dos hermanos me hablaban de la iniciativa misionera en su parroquia con ocasión del aniversario.

Otro, con la buena excusa de las fiestas patronales, celebra la novena en medio de las casas donde la gente se reúne fácilmente.

Otro se reúne a orar en la peluquería del pueblo.

Estoy seguro de que cada uno de nosotros podría hacer un listado de iniciativas que lleva a cabo en su propio lugar de misión, teniendo en cuenta siempre las coordenadas culturales.

Para muchas personas, esa es la única posibilidad de encuentro con los oblatos y con el Señor Jesús, lo que siempre significa un momento de alegría.

Cualquier ocasión es buena para que la creatividad pastoral se renueve y salga al encuentro de quien no se siente vinculado -por las razones que fueren- con la comunidad cristiana.

La evangelización, la nueva evangelización y la catequesis son modos diversos de anunciar el Evangelio y, por lo tanto, exigen métodos diversos [55].

El error que más habitualmente cometemos, particularmente en Iglesias de larga cristiandad, es aplicar métodos catequísticos donde claramente se necesita una pedagogía más ligada a la evangelización.

Y es en esa perspectiva que no podemos perder de vista las diversas formas de agrupación no estrictamente parroquiales o católicas, donde sin embargo podemos converger con muchas familias y tantísimos jóvenes: el club y el mundo deportivo, la cultura y el arte, la política y los derechos humanos, el maravilloso y complejo universo educativo, las agrupaciones laborales, los centros de recuperación de adicciones y consumos problemáticos, etc.

Cuando antes hablábamos de tecnologías y digitalidad nos referíamos a los aspectos personales, pues nos valemos de ellas para crear comunión y encuentro.

Aunque el desarrollo y actualización constantes hace que para muchos se torne difícil encontrar impostaciones pastorales que perduren en el tiempo, desde el punto de vista de la evangelización, este campo es realmente enorme y hermoso.

También aquí es importante no equivocar el método, de modo que la fugacidad del ecosistema digital no conspire contra la belleza perdurable del evangelio anunciado en plataformas virtuales.

Para concluir con este acento, quiero mencionar algo muy sabido y experimentado por muchos: y es que en el presente ya no podemos hablar más de tierras de misión con el sentido que esta expresión tenía en el pasado.

Cualquier nación, en especial las de antigua cristiandad, es hoy tierra de misión.

Sin embargo, en las regiones pobres y castigadas por las violencias, el evangelio y el evangelizador son caricias de Dios para el pueblo cuya vida está siempre bajo amenaza.

Es el caso de la Iglesia en Nigeria, una comunidad mártir y perseguida, cuya cantidad de vitalidad y entrega gozosa sigue siendo mayor que la violencia que regularmente se desata contra ella.

Y es por eso mismo que, como muchos me vienen escuchando hace tiempo, sigo insistiendo con la invitación a seguir creciendo en el continente africano en dirección a la región francófona, además de buscar nuevas estrategias para retornar a la India.

Son locuras o ambiciones mías tal vez, o casi seguro que sí lo son.

Soy muy consciente de la escasez de recursos y de las prevenciones respecto a nuevos horizontes.

Sé también que los espíritus suelen inquietársenos cada vez que somos invitados a ponernos en movimiento hacia lo que no manejamos o no podemos controlar del todo.

Sin embargo, sigo dejando la invitación abierta.

[54] León XIV, Discurso al clero de Roma, 19 de febrero de 2026.
[55] Juan Pablo II, Redemptoris Missio n.33

7- La pedagogía ignaciana

En la Congregación, la experiencia de los Ejercicios Espirituales es bastante desigual.

Aun así, creo que estos siguen siendo para muchos la inspiración de sus predicaciones, conferencias y acompañamiento espiritual.

La plasticidad metodológica de los Ejercicios favorece su apertura a cualquier situación en la que las personas se encuentren; no obstante, me gustaría subrayar solamente la centralidad del discernimiento, particularmente como hilo conductor de todo acompañamiento espiritual.

En la actualidad, la vieja dirección espiritual ya no está circunscrita al sacerdote o al religioso; también religiosas y laicos son grandes compañeros en el espíritu de quienes quieren buscar y hallar la voluntad de Dios.

Dicho de otra manera, y sin entrar en las causas, constatamos que en muchas Iglesias -no solo en las de antigua cristiandad- los cristianos -y no solo los cristianos- no acuden necesariamente al sacerdote, sino más bien al sabio.

Junto a esta búsqueda convive aquella otra realidad -la mencionamos al pasar al hablar de las tecnologías- en las que cualquiera puede ofrecer respuestas a todos y a cualquier problema, en videos de treinta segundos, producidos y publicados sin demasiada responsabilidad sobre sus consecuencias reales en la vida de las personas.

El ejercicio de la paternidad en el espíritu es un precioso don carismático que, vivido con paciencia y compasión, es validado por el Pueblo de Dios.

Un ejemplo es el Ministerio de la Escucha -con diversos nombres y modalidades según la región- que, conformado por presbíteros, consagrados y laicos, se pone al servicio de quienes buscan realmente al Señor.

Es deseable que cualquier comunidad lanteriana sea un centro donde resulte fácil encontrar al Señor porque, más allá de los servicios religiosos comunes, allí se hallan personas confiables que, con tiempo y suficiente cariño, están dispuestas a acompañar pedagógicamente a quienes el Señor busca, llama y congrega.

8- Pastoral juvenil vocacional

Reconozco que, tal vez para muchos hermanos, este siga siendo uno de los temas más difíciles de tratar.

Debido a malas experiencias pasadas, a motivaciones ajenas a la eclesialidad o a resultados exiguos, la pastoral vocacional se ha convertido para muchos en una utopía sin horizonte.

Aun así, debemos poner el acento en ella, sin asustarnos por la gran diversidad cultural y de criterios que afecta especialmente a una congregación pequeña como la nuestra.

Cada región debe organizarla de modo ordinario, tal como se planifica la pastoral al comienzo de cada año.

Muchos ya lo hacen.

Los criterios debemos pedírselos al propio carisma, porque todo anuncio vocacional surge también de allí, recordando siempre que la Iglesia crece por atracción, porque es Cristo quien nos atrae a todos hacia sí [56].

Para salir al encuentro de las dificultades, me permito evidenciar dos posibles tentaciones que suelen merodear comunidades y diócesis y que podrían empantanarnos y desanimarnos:

Una es el desinterés disfrazado de confianza.

Es aquella que da por seguro que el Señor enviará a los jóvenes cuando él decida, argumentando que en el pasado no había pastoral vocacional y no faltaban vocaciones.

Como toda tentación, esta también confunde elementos y crea parálisis; y a la vez, abandona a la inciativa individual lo que debe ser comunitario.

Siempre alguien ocupará con sus propios criterios el espacio vacío que dejó la comunidad, lo que suele salir bien en contadas ocasiones.

Se sale de esta tentación con una programación integral que estipule objetivos, herramientas, roles y evaluaciones periódicas.

Otra es el alternativismo disfrazado de paternidad espiritual.

Se refiere a formas de reclutamiento que aprovechan las estructuras en funcionamiento -congregación, diócesis, movimiento- pero que en realidad ligan a los candidatos más bien a la persona que recluta por causa de una cierta legitimidad espiritual [57].

Y así, con la excusa de no asfixiar los ideales juveniles en estructuras caducas, se crean itinerarios paralelos que ya no vinculan a la totalidad, sino a uno o varios individuos dependientes entre sí con el agravante de que para conseguir estabilidad en el tiempo a veces se debe apelar a la manipulación de las conciencias [58].

Se previene -perdón por la repetición- con una programación transparente para todos, que defina claramente los objetivos y roles.

[56] Cf. Benedicto XVI, Discurso inaugural de la V Conferencia del CELAM en Aparecida, 2007.
[57] En las últimas décadas, hemos visto diócesis con dos seminarios, uno de ellos más al servicio del «padre fundador» que de la diócesis. Algo similar sucedió con muchos nuevos movimientos religiosos.
[58] Fue lamativa la actitud de algunos consagrados que, durante el Jubileo de la Vida Consagrada de octubre de 2025, aún estando en Roma, prefirieron reunirse separadamente en vez de congregarse en las convocatorias comunes.

9- La amistad laical

Hace pocos días, un hermano párroco me decía que veía con mucha claridad la concreción del espíritu de las Amistades en la parroquia que le toca animar hoy.

La gente se reúne semanalmente, mantiene una regularidad sacramental y se conoce entre sí; muchos participan activamente en los servicios parroquiales, particularmente en el de la caridad, a la vez que dedican un buen tiempo a su formación espiritual.

Nuestra conversación profundizó en el desafío de la amistad como herramienta pastoral, tan querida por el Fundador.

Han pasado más de veinte años desde que el padre Patrice Veráquin publicara la «Carta a los amigos y colaboradores de los Oblatos de la Virgen María».

En estas dos décadas, el mundo, la Iglesia y la Congregación han cambiado profundamente.

Sin embargo, en una cultura que parece querer desembarazarse de las estructuras, sigue en pie la pregunta esencial que debe guiar nuestras reflexiones: ¿de qué manera el carisma lanteriano, vivido por nosotros en la forma de vida sacerdotal y religiosa, es experimentado también por los laicos en su propia forma de vida laical?

Nuestro objetivo no es atraer a los laicos hacia nosotros, ni siquiera hacia Lanteri, sino poner al servicio del laicado un don que hemos recibido y en el que creemos, para poder seguir mejor a Cristo y anunciar más eficazmente su Reino [59].

La familia lanteriana encuentra mejores lazos de cohesión en su interior porque es eclesial a la vez que sirve mejor porque cada uno lo hace según su vocación específica.

La misión compartida es el camino que muchas familias religiosas han profundizado al descubrir que, en el servicio colaborativo, las diversas vocaciones de la Iglesia se expresan mejor.

En esta interacción, nadie se desentiende del otro, sino que todos se sostienen mutuamente en las exigencias propias de su estado de vida.

Por eso, la clave no está en la multiplicación de las normativas, sino principalmente de una vuelta constante a las fuentes de toda vida cristiana y de su adecuada adaptación a las cambiantes condiciones de los tiempos.

Y en este sentido, nuestra familia religiosa está invitada a redescubrir el rol del hermano coadjutor como puente entre la experiencia carismática clerical y la forma de vida laical.

La Iglesia ha dado pasos consistentes en la recuperación y resignificación del rol del coadjutor.

La Iglesia define al hermano no por lo que «hace» o por lo que «no es» (no ser sacerdote), sino por su ser profundo: una memoria viva de que todos los cristianos somos, ante todo, hermanos [60].

Su vocación es un signo profético que rompe con el clericalismo, recordando que el servicio y la igualdad radical de los bautizados son el corazón del Evangelio.

El del hermano es un estado de vida completo, necesario y complementario para la armonía de nuestra comunidad.

[59] Cfr. “Carta a los Oblatos sobre nuestra relación con los laicos”, 21 de noviembre de 2004, Lanterianum 2005-1.
[60] Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, “Identidad y Misión del Religioso Hermano en la Iglesia”, 14 de diciembre de 2015.

10- Con nuestras hermanas

Las Hijas de San José y las Oblatas de María Virgen de Fátima son un regalo que el Señor y la Iglesia nos han ofrecido, y que seguimos agradeciendo.

Nuestras hermanas son fuente de alegría, una bella razón para vivir cotidianamente una hermandad tan real como sencilla y una oportunidad para servir en comunión y cercanía pastoral.

Más allá de la relación formal que las tres instituciones debemos continuar cultivando —y lo estamos haciendo con verdaderos deseos de crecer juntos—, existe ese otro vínculo sostenido en la misión pastoral de las distintas comunidades religiosas en un mismo territorio.

Porque, ante todo, somos hermanos; y esta sola realidad merece ser celebrada.

Como todos los hermanos en la Iglesia, también nosotros necesitamos volver a las fuentes de la comunión que nos reúne, pidiéndonos perdón cada vez que sea necesario para ponernos en un camino de colaboración fraterno-sororal y así confluir, cada vez más, en la misión compartida al servicio del santo pueblo fiel de Dios.

Con nuestras hermanas Oblatas, también nosotros hacemos de nuestra vida una oblación total y perpetua para la gloria de Dios.

Y a san José, junto con las Hijas del Venerable padre Felice Prinetti, le pedimos la fe, la unión afectuosa con Jesús y María, la obediencia pronta y serena, la laboriosidad, el silencio y la humildad.