Al principio, la Palabra

Quisiera comenzar esta reflexión invitándote a confrontarnos con la Palabra de Dios, en especial con los textos bíblicos sugeridos en el párrafo inicial del Breve Etsi Dei Filius.

No tengo la intención de proponer ninguna exégesis o tratado, sino que deseo invitar a tomar los textos mismos para escucharlos en el corazón, para meditarlos y detenernos en contemplación amorosa.

Los dos primeros textos que propongo están ligados a la fe y la confianza de Pedro en el Señor Jesús.

El tercero -aunque no es un solo texto- funciona más bien como un enlace para presentar a los padres Lanteri y Reynaudi.

Con mucha simplicidad de espíritu, entonces, te invito a orar con la Palabra y, de este modo, dejarnos conducir por el Señor según su querer para con cada uno de nosotros.

Jesús y Pedro caminan sobre el agua

Mt 14,22-33

 

Luego de la multiplicación de los panes, Jesús obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que él a la otra orila, mientras él despedía a la multitud. Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba alí, solo. La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. «Es un fantasma», dijeron, y lenos de temor se pusieron a gritar. Pero Jesús les dijo: «Tranquilícense, soy yo; no teman». Entonces Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua». «Ven», le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: «Señor, sálvame». En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?». En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en ela se postraron ante él, diciendo: «Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios».

Tal vez pueda resultarnos enriquecedor comprender qué Iglesia tiene ante sus ojos el pontífice para que el texto del Breve describa la realidad y al papa mismo caminando sobre las aguas.

Es una tarea que, obviamente, dejamos a los historiadores, quienes nos han ayudado y continuarán haciéndolo para que podamos acercarnos cada vez más al contexto histórico en el que nuestra pequeña comunidad daba sus primeros pasos.

Sin embargo, lo que sí importa hoy es dejarnos interpelar nuevamente por la imagen con la que el texto ilumina la vida, para así comprenderla mejor.

Porque, como dijimos, nuestra fidelidad se juega en este tiempo, en estas coordenadas geográficas y en profunda cercanía a la humanidad que las transita construyendo su propia historia.

La narración bíblica del Evangelio de Mateo es una bella imagen de la fe del apóstol Pedro.

En la voz de Jesús que le dice: «¡Ven!», él reconoce el eco del primer encuentro en la orilla de ese mismo lago y, una vez más, deja la barca y va hacia el Maestro.

¡Y camina sobre las aguas! La respuesta confiada y rápida a la llamada del Señor nos hace realizar siempre cosas extraordinarias.

Pero Pedro comienza a hundirse en el momento en que deja de mirar a Jesús y se deja envolver por las adversidades que lo rodean.

De forma similar a la de Pedro es la fe de la comunidad lanteriana: siempre frágil y pobre, inquieta y victoriosa; la fe de los oblatos sigue caminando al encuentro del Señor resucitado, en medio de las tormentas y los peligros del mundo.

¿Podemos enunciar y describir las tormentas que castigaron a nuestra pequeña barca con peligro de hundirla?

No me refiero tanto a los pecados por los que pediremos perdón, sino a los sufrimientos que, en solidaridad con la Madre Iglesia, también nuestra comunidad debió aceptar.

¿Cuáles fueron?

Desde tu entrada a la congregación, ¿qué adversidades han venido golpeando a la comunidad?

¿Cómo las enfrentó la comunidad y cómo lo hiciste tú personalmente?

Más adelante podremos leer un breve testimonio sobre una situación puntual que seguramente será esclarecedor.

Es posible que los hermanos, en idénticas tormentas, hayan ofrecido respuestas distintas y hasta contradictorias; incluso experimentaron tal vez incertidumbre y desconfianza en la capacidad de la barca para evitar el naufragio.

Algunos, aun sin bajarse de ella, se mantuvieron a una distancia lo suficientemente «prudente» como para evitarse el cansancio de remar con viento en contra y la desesperación común cuando todo parecía llegar a su fin.

Las dificultades que el mundo arroja contra la barca suelen poner en jaque los liderazgos comunitarios, tanto los formales como los informales.

A veces, estos no han estado a la altura de las exigencias.

Y, sin embargo, tenemos que reconocer agradecidos que, como Pedro, hay en nuestra historia una nube de testigos que saltaron de la barca no para abandonarla, sino para traer a Jesús a ella, aun a costa de la propia vida [2].

[2] Pienso ahora en los padres Felice Prinetti, Rafael Melis y Luis Pinamonti, solo unos ejemplos

En la escena final del texto que estamos contemplando, cuando Jesús sube a aquella barca, el clima cambia enseguida: todos se sienten unidos en la fe en Él.

Todos los pequeños y atemorizados se hacen grandes en el momento en el cual se arrojan de rodillas y reconocen en su Maestro al Hijo de Dios.

Esta es una imagen clara de la Iglesia y de nuestra comunidad.

Lo que la salva no es la calidad o el valor de sus hombres, sino la fe que le permite caminar incluso en la oscuridad [3].

[3] Cf. Papa Francisco, Meditación del Angelus del 10 de agosto de 2014.

Una congregación bicentenaria está preparada para caminar sobre el agua -o debería estarlo- no por valentía, sino por obediencia confiada a aquel mismo «ven» que al comienzo la puso -nos puso- en marcha.

¿Estás, estamos dispuestos a esta locura de la fe?

A las puertas del infierno

Mt 16,13-19

 

Al legar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?». Elos le respondieron: «Unos dicen que es Juan el Bautista; otros Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas». «Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?». Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Y Jesús le dijo: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ela. Yo te daré las laves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo».

Una imagen más, ligada al ministerio petrino y a la profunda confianza en el Señor en medio de las dificultades: su Iglesia será preservada del poder del maligno.

A la Iglesia no le han faltado persecuciones ni violencias; el «blanco ejército de los mártires» lo atestigua firmemente a lo largo de los siglos.

Y, sin embargo, no es ese el mal que más fuerte la golpea y hiere.

El mayor daño, de hecho, lo padece esta a causa de lo que contamina la fe y la vida cristiana de sus miembros y de sus comunidades, erosionando la integridad del Cuerpo, debilitando su capacidad de profecía y de testimonio, y empañando la belleza de su rostro.

La promesa de Jesús comprende las experiencias históricas de persecución, pero va todavía más allá, pues busca asegurar la protección sobre todo contra las amenazas de orden espiritual: las divisiones e incoherencias, los egoísmos y vanidades, el orgullo y el apego al dinero [4].

[4] Cf. Benedicto XVI, Homilía del 29 de junio de 2010

Del corazón humano proviene la maldad (cf. Mt 15,19); por eso, la palabra del Señor garantiza que la gracia siempre será mayor que el pecado de los cristianos.

A nosotros nos toca, por tanto, secundar la gracia, hacernos discípulos de ella, de modo que evitemos a la Madre Iglesia el sufrimiento de sus hijos y hermanos nuestros.

El cuidado de la Iglesia radica en nuestra libertad frente al espíritu de la mundanidad, que siempre tiende a infiltrarse en nuestras fraternidades con el fin de contaminarlo todo.

El mismo Pedro -a renglón seguido- debió aprender, por la pedagogía de Jesús, que no es posible evitar la cruz si de verdad amamos al Señor y a su Iglesia.

La comunión eclesial -a costa de cualquier sacrificio- está inscrita en el ADN de los Oblatos de la Virgen María.

Entonces, ¿de qué manera, de aquí en adelante, estaremos dispuestos -personal y comunitariamente- no solo a cuidarla, sino a acrecentarla, trabajando por ella para que sea salvífica, visible y gozosa?

Tinieblas y sombras de muerte

 

El primer párrafo del Breve presenta una mirada sobre la realidad que puede resultarnos negativa cuando considera que el mundo entero está bajo el poder del Maligno (cf. 1 Jn 5,19).

Sin embargo, siempre con trasfondo bíblico, el texto invita a la misión confiada siendo sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5,13-14), como los apóstoles que han sido enviados por el mismo Señor, quien no cesará de convocar obreros para trabajar en su viña (cf. Mt 9,37-10,1; 20,2).

En este contexto, entonces, aparecen Lanteri y Reynaudi, «consagrados totalmente al saludable propósito de la formación del clero y la evangelización de los fieles».

Ambos son hombres valerosos y han sido suscitados por la misericordia del Señor para conservar la fe de los pueblos y preservarlos de los errores de quienes yacen en tinieblas y en sombras de muerte (cf. Lc 1,68-79).

Reynaudi, Lanteri y sus compañeros, mediante su ministerio y entrega personal, son la entrañable y misericordiosa visita del Señor a su pueblo: como un médico a los enfermos, nos salió al encuentro [5].

[5] Beda, el Venerable, en su Homilía para el nacimiento de Juan el Bautista agrega que el Señor “nos ha traído la verdadera luz de su conocimiento y, habiendo disipado las tinieblas del error, nos ha mostrado el camino seguro hacia la patria celestial. Ha dirigido los pasos de nuestras obras para hacernos caminar por la senda de la verdad, que nos ha mostrado, y para hacernos entrar en la morada de la paz eterna, que nos ha prometido”. Omelie sul Vangelo, ed. Città Nuova, Roma 1990.

La mirada de la realidad, al hacer referencia al texto de Lucas, nos invita a poner el oído en aquel otro pasaje que el evangelista contempla desde la novedad de la Encarnación.

En el «Libro del Emanuel» del profeta Isaías (Is 7-12) se describe la sensación de abandono y derrota que vive el pueblo y para ello se vale de la imagen de la «tiniebla y sombra de muerte» (Is 9,1).

No se trata solo de sentimientos de tristeza, sino de la experiencia del derrumbe colectivo.

El cansancio de ese pueblo es el mismo cansancio del hombre moderno que ha perdido la esperanza.

Sin embargo, allí mismo -como a lo largo de todo el bloque- se acentúan los contrastes: la luz que brilla a los ojos del pueblo caminante en la oscuridad, el gozo y la alegría como en la cosecha, el yugo hecho pedazos [6], el fuego que consume las ropas ensangrentadas.

«Porque un niño nos ha nacido» (Is 9,5).

En un mundo que a menudo es duro con el pecador y condescendiente con el pecado, necesitamos cultivar un fuerte sentido de la justicia… pero también de la ternura.

La señal que Isaías da no es un monumento o un ejército; es un niño [7].

Hemos mencionado brevemente la esperanza que parece estar ausente en el corazón del hombre moderno.

Decimos que «solo parece» porque, a pesar de los males sueltos en este mundo, la esperanza permanece entre los hombres -aunque oculta- siempre al alcance de la mano y en la presencia mansa de sus testigos [8].

Más adelante retomaremos la invitación al cuidado de la esperanza.

[6] “Como en el día de Madián” (Is 9,4) hace referencia a la victoria de Gedeón sobre Madián, pero con un ejército
reducido porque Dios no quiere que Israel se gloríe a expensas suyas, “diciendo: es mi mano la que me salvó”.
[7] Francisco, Homilía 24 de diciembre de 2015.
[8] En la mitología griega, aunque sin unanimidad, se cree que la esperanza Elpis es hija de la noche Nix. Y entre
sus hermanos se cuentan la muerte Tánatos, el caos y los dolores Eris y Keres y la desesperanza Moros. El ánfora de Pandora, al ser abierta, dejó en libertad todas las formas del mal -los “hermanos”- pero aún sigue conservando en su seno, escondida, la esperanza.

Para concluir con nuestra reflexión personal, tal vez podamos volver sobre algunas palabras que parecen proponerse por sí mismas: la visita del Señor a su pueblo; la valentía, referida a los primeros oblatos; el rescate de quien vive oprimido en la oscuridad.

Y acerquémonos para ver mejor las formas de asfixia que vive nuestro mundo, las opciones y mecanismos de muerte que se le presentan como irrenunciables.

¿De qué manera nos haremos presentes en esos infiernos?

¿Preferiremos señalar a distancia el mal y el pecado o, con valentía y ternura, nos aproximaremos a sus víctimas?