Alter Fundator

Padre Giovanni Battista Reynaudi

Nació en Carignano el 10 de agosto de 1782; en 1816 comenzó, junto a Biancotti, la experiencia de la primera fundación en Carignano; posteriormente lo encontramos al lado de Lanteri en la segunda experiencia de fundación en 1826 en Pinerolo, donde ingresó el 6 de julio de 1826.

Allí recibió el hábito de manos del Fundador el 2 de febrero de 1828 y profesó el 15 de agosto de 1828.

Elegido segundo Rector Mayor en 1830, tras la muerte del P. Lanteri, permaneció en el cargo hasta 1836.

Falleció en Carignano el 24 de diciembre de 1838, a los 56 años; está sepultado en la cripta de la Consolata.

Junto a Pio Bruno Lanteri aparece el otro fundador por quien, creo, es justo hacer memoria.

No solo no le quita brillo a Lanteri -por si fuese necesaria la aclaración- sino que a la vez que se enaltecen mutuamente, nos permite comprender un poco mejor la complejidad de los primeros años de esta familia religiosa.

Por eso, pedí a Sergio Zirattu, apasionado de la figura histórica de Reynaudi, una reflexión al respecto que, con todo gusto, comparto a continuación en un breve resumen [19].

[19] Cf P. Sergio Zirattu omv, Rector Mayor, “Due nomi, un solo carisma: riscoprire il ruolo di Reynaudi accanto a Lanteri”, 5 de abril de 2026.

La celebración de los doscientos años de la aprobación pontificia de la Congregación representa una ocasión valiosa para detenernos a reflexionar sobre aquellas «cosas nuevas y antiguas» (cf. Mt 13,52), a menudo ocultas entre los pliegues de la historia, que pueden constituir una oportunidad de crecimiento y renovación.

Esto nos permite mirar con ojos renovados nuestras raíces y los desafíos del presente, para custodiar lo que hemos recibido y, al mismo tiempo, abrirnos a lo nuevo con confianza y discernimiento.

El documento que da luz y sentido a esta celebración es, sin duda, el Breve Etsi Dei Filius del papa León XII.

Este constituye un signo significativo no solo para la estabilidad canónica del Instituto, sino también como confirmación de la validez de su carisma en la Iglesia.

Gracias al vínculo con la Sede Apostólica, el Breve otorga al Instituto un aliento más universal, permitiéndole beber de la riqueza de la Iglesia y compartirla con todos los fieles.

Por eso, quiero reflexionar sobre el papel que el Breve atribuye al P. Giovanni Battista Reynaudi y sobre cómo podría ser interesante, y quizá oportuno, profundizar en el reconocimiento oficial que la Iglesia le atribuye en la fundación del Instituto.

Todos conocemos, al menos en sus líneas esenciales, la trayectoria de Reynaudi, aunque no todos los aspectos resulten plenamente claros o históricamente documentados.

Precisamente la complejidad de esta historia —el llamado caso Reynaudi— terminó debilitando progresivamente su reconocimiento como cofundador. Con el paso del tiempo, su nombre fue separándose cada vez más del de Lanteri, hasta atribuir únicamente a este último el título exclusivo de Fundador [20].

[20] Cf A. Brustolon, Alle origini dela Congregazione degli Oblati di Maria Vergine, pag. 162-166, donde se destacan las interpretaciones historiográficas que han ido relativizando progresivamente la figura de Reynaudi como cofundador.

Nadie puede poner en duda que el padre Lanteri sea el verdadero Fundador de la Congregación.

Pero sería igualmente injusto e históricamente incompleto ignorar aquellos datos que, en el proceso fundacional, asociaron el nombre del padre Reynaudi al suyo, confiriéndole una relevancia que merece ser reconocida y profundizada.

Gastaldi, en la Vida del Fundador concluida en 1867, hace referencia al grupo de Carignano y resume su proyecto apostólico.

Cabe subrayar que dentro de este grupo carignanense Reynaudi emerge como el líder indiscutido: es él quien capta con perspicacia las urgencias pastorales del tiempo y, junto con los otros dos compañeros, coordina las iniciativas comunes.

No se limita a gestionar la acción inmediata, sino que concibe también la idea de una comunidad estable, marcada por la vida compartida y orientada prioritariamente a las finalidades eclesiales.

Durante su estancia en La Grangia, Reynaudi vivió la experiencia de los ejercicios espirituales guiados por el padre Lanteri.

Este tiempo compartido resultó decisivo para su camino: en él maduró una profunda estima por Lanteri, a quien reconoció no solo como un hombre de gran espiritualidad, sino también como una guía segura, casi un “padre”, capaz de acompañar y sostener a la comunidad naciente.

Por ello, sin dudarlo, le pidió que asumiera su dirección.

El encuentro entre ambos hizo emerger sensibilidades pastorales diferentes, pero complementarias, que con el tiempo se armonizarían hasta confluir en un proyecto común.

Si Reynaudi aportó el amor por su propia tierra y el contacto directo con la gente, Lanteri ofreció el método y la visión universal, capaces de transformar un grupo local en una congregación sólida y estructurada.

El contraste con Bruno Lanteri representó para Reynaudi un momento decisivo de maduración interior y de clarificación de su propia vocación.

A través del diálogo, el acompañamiento espiritual y la guía concreta recibida, Reynaudi recuperó un renovado vigor, tanto en el plano personal como en el apostólico.

Determinante no fue solo la ayuda de Lanteri, sino también la del teólogo Guala: gracias a la colaboración entre estas figuras, en un arco de tiempo relativamente breve se dispusieron todos los elementos necesarios para obtener el reconocimiento oficial por parte de la autoridad eclesiástica el 13 de noviembre de ese mismo año.

El Breve Etsi Dei Filius integra y amplía el proyecto inicial surgido y aprobado en Carignano.

Ante todo, me atrevo a decir que el Breve conserva de forma reconocible el corazón del proyecto inicial de Reynaudi.

Al mismo tiempo, algunos rasgos distintivos de su espiritualidad no solo se mantienen, sino que son reforzados e institucionalizados: la devoción mariana y la fidelidad al Papa.

La celebración del bicentenario no es solo un momento de memoria agradecida, sino también una ocasión para hacer verdad y profundizar el carisma.

El Breve pontificio reconoce con claridad que la obra nace de la iniciativa conjunta de Pío Bruno Lanteri y de Giovanni Battista Reynaudi, «quienes fueron los primeros en iniciar esta obra», y que juntos promovieron su desarrollo apostólico en los primeros tiempos.

Si en Lanteri se reconoce justamente al Fundador por la profundidad espiritual, la visión eclesial y la capacidad de dar forma estable y universal al Instituto, en Reynaudi emerge con evidencia el papel de iniciador concreto, animador del primer núcleo y portador de intuiciones pastorales decisivas.

Su colaboración no aparece, por tanto, como algo accesorio, sino complementario: la una necesita de la otra para comprender plenamente el origen de la Congregación.

Reconocer la aportación de Reynaudi no significa disminuir la figura de Lanteri, sino más bien devolver a la historia su integridad y a la Congregación una conciencia más plena de sus raíces.

El Breve Etsi Dei Filius, además, muestra cómo el proyecto nacido en Carignano es asumido, purificado y universalizado por la Iglesia: lo que era una intuición local se convierte en misión eclesial.

Precisamente esta continuidad entre intuición originaria y reconocimiento eclesial constituye el criterio más seguro para leer el pasado y orientar el futuro.

Muestra cómo el carisma no es fruto de una sola persona, sino don del Espíritu que se manifiesta a través de personas, encuentros y procesos.

En definitiva, mirar hoy la figura de Giovanni Battista Reynaudi junto a la de Pío Bruno Lanteri significa redescubrir la riqueza de un carisma nacido de la convergencia de dones distintos: el contacto vivo con el pueblo y el sentido pastoral inmediato, por una parte, la profundidad espiritual y la visión universal por la otra.