Conclusión

«Mujer, aquí tienes a tu hijo»
«Aquí tienes a tu madre».
(Jn, 19,26.27)

Al llegar a esta última página, solo quiero agradecer el tiempo que has dedicado a leer y a escuchar interiormente.

Más allá de esta lectura, quiero agradecer al Señor y agradecerte a ti mismo tu entrega cotidiana al servicio del Reino.

Fuiste puesto, por puro amor, en las manos de la Madre para que ella te lleve a Dios.

Todo pasa por sus manos; todo está custodiado por su mirada.

No sé si rezas el rosario a veces, todos los días o nunca; ni si tienes su imagen entre tus cosas personales.

He aprendido que no se debe invadir con preguntas en eso que sucede en la conciencia del otro, porque allí habita un misterio que pide respeto y mucho silencio.

Pero sí sé —estoy seguro— que cada uno de nuestros nombres -desde el más santo hasta el más frágil, individualizados perfectamente, claros y distintos- está siendo pronunciado por sus labios amorosos y habitamos en el sonido de su voz serena.

Cuando estés, entonces, celebrando tu propio Caná de Galilea, no te preocupes por otra cosa: ella piensa en ti y se hará cargo de tus carencias.

No te faltará el buen vino, no lo dudes.

Y cuando te toque sostenerte en pie y soportar la cruz, no te inquietes: ella piensa en ti y se hará cargo de tus fragilidades y miedos.

No te faltará el consuelo, basta que no dudes. Y la recibirás en tu casa, como tuya; te recibirá en la suya, suyo.

La invocamos con la oración que hemos aprendido e hicimos nuestra, que hemos adaptado, corregido innumerables veces y aun así seguimos repitiéndola a diario:

Virgen Madre,

conserva, acrecienta y haz fecunda de bien

la obra de tu Congregación.

 

Madre amorosa,

extiende tu manto celeste

sobre cuantos hoy se glorían

de llevar el nombre de Oblatos de la Virgen María.

 

Madre de la Gracia:

envía nuevos postulantes a nuestra comunidad;

sonríe con ternura materna a nuestros queridos novicios;

guía en la formación a los profesos;

sostén en las dificultades del apostolado a los padres;

que sea suave el humilde y cotidiano trabajo de los hermanos coadjutores;

da paz y reposo eterno a nuestros queridos difuntos;

recompensa a nuestros bienhechores y colaboradores;

y bendice en particular al Rector Mayor.

 

Y a todos nosotros

haznos santos, pronto santos, grandes santos.

Amén.