Doce años atrás, concluido el Cónclave que lo eligió y desde el balcón de la Basílica, nos invitaba a todos a caminar, obispo y pueblo, un camino de fraternidad, de amor y de confianza para que en el mundo haya una gran fraternidad. Y el domingo de la pascua reciente, la última que compartimos con él, desde el mismo balcón, celebró el triunfo de la Vida reafirmando que «el amor venció al odio, la luz venció a las tinieblas, la verdad venció a la mentira, el perdón venció a la venganza. El mal no ha desaparecido de nuestra historia, permanecerá hasta el final, pero ya no tiene dominio, ya no tiene poder sobre quien acoge la gracia de este día».
En medio, hemos transitado ese camino, obispo y pueblo.
El sendero por el que Francisco nos condujo nos llevó a las periferias existenciales, donde la humanidad es sistemáticamente descartada. Y allí, frente al dolor humano, no nos habló de solidaridad -esa que se ejerce de arriba hacia abajo- sino de identificación: «¿Por qué ellos sí y yo no?»
En épocas en las que los neojansenismos están de regreso y parecen ponerse de moda dentro y fuera de la Iglesia, nos insistió hasta el cansancio -como abuelo que repite la misma historia- que el protocolo con el que seremos juzgados al final de la vida nos fue anticipado en Mateo 25 de modo que, llegado el momento, no nos tome por sorpresa. «Porque, ¿cómo sería posible una fraternidad universal si desconocemos que la injusticia arrebata vidas y las mantiene en el anonimato?»
El dolor, el sufrimiento y la muerte cansan. Incluso a veces podemos sentir la desesperanza de quien intentó y fracasó. Por eso, Francisco no permitió que los cristianos nos aisláramos en la búsqueda y en el ejercicio del bien. Convocó proféticamente a toda la Iglesia al discernimiento sinodal. Para “caminar con” -como lo había ya anunciado aquel 13 de marzo desde el balcón-, porque el Espíritu de Dios se derrama y manifiesta en toda la Iglesia y en todos y en cada uno de los creyentes; todos son ungidos, todos son discípulos y todos son misioneros. Ese “todos” resonó con mucha fuerza en Lisboa, de labios del anciano pontífice frente a miles de jóvenes que hicieron suya la consiga: “¡Todos!” Este mundo excluye, construye muros y derriba puentes, hace difícil la integración, se ha vuelto cruel con el migrante pobre, tiene miedo de perder su identidad y sus privilegios. Pero entre ustedes no debe ser así…
La apertura y la integración fue un estribillo reiterado a los obispos y a todos los pastores en general. Porque si en sus iglesias sienten que el conflicto o la diversidad desestabiliza y amenaza con crear divisiones, vayan de frente y pónganle nombre claramente al problema; podemos discutir todo, pero con todos adentro, con parresía, como Pablo y Pedro.
Porque la Iglesia no es ni fue una élite de puros cuya misión consiste en la separación que evita toda contaminación. La comunidad eclesial es una asamblea de pecadores llamados por el amor misericordioso de un Corazón que es mayor que todos los pecados del mundo y de toda la historia humana. La Iglesia no debe protegerse de los pecadores sino de los corruptos. «Porque pecadores somos todos, pero corruptos son quienes hacen de su pecado y fragilidad un sistema, contagiando a otros y regando el mundo de víctimas, manipulando incluso aquello que la Iglesia tiene por sagrado».
Tal vez por eso, le hemos oído tantas veces al jesuita Bergoglio mencionar al diablo. Probablemente muchos espíritus sintieron y pensaron que estaban frente a alguna forma de medievalismo. Pero el papa estaba señalando al enemigo. Me atrevería a decir que ha sido uno de los mayores servicios que le ha hecho a la comunidad cristiana. Desenmascarar el mal -que por propia esencia tiende a camuflarse y confundirse- permitió a la Iglesia reconocer las falsas alternativas, los cantos de sirena, las ilusiones y espejismos. Sus denuncias -que al momento de oirlas provocaron ira e incluso revanchismos- estuvieron siempre orientadas precisamente a sacar a la luz el pecado convertido en estructura en la Curia, en las Diócesis, en los Seminarios, en las Congregaciones religiosas… para suscitar el arrepentimiento y comenzar de nuevo. “Porque los corruptos tienden a ser personalidades de buenos modales, pero con malas conductas. Y sí, se los dije de frente, ¿son creyentes o no?”
Sin embargo, en estos años hemos visto que no todos parecen ser creyentes o con intenciones de convertirse de su mala conducta, aun ejerciendo cargos importantes en el seno de la Madre Iglesia. El papa Francisco ha tenido enemigos poderosos, aliados del mal contra él personalmente y contra la comunión eclesial. Con parcial éxito entre los cristianos, sus detractores se dedicaron a exponer todas sus incoherencias y pecados, crearon dicotomías inexistentes con el único fin de dividir, mintieron hasta el cansancio para hacer pasar por ideología las opciones de Jesucristo expresadas por el papa y así llenar de prejuicios al Pueblo de Dios contra su propio pastor. Alianzas oscuras que el mal tejió -lo seguirá haciendo- y que por su propia dinámica no pueden proteger ni empoderar a nadie, sino herir y abandonar al herido. Me gusta decir que, cuanto mejor conocí a los enemigos del papa, más “papista” terminé siendo.
¿Es posible despedir al querido amigo y confidente papa Francisco con una reflexión sobre su pontificado? Con toda certeza, es poco.
La tristeza de hoy se convertirá en danza porque nos damos cuenta que hemos sido instruidos en la misericordia y en la ternura, en el amor a ultranza y en la compasión, en la cercanía samaritana y en el diálogo sincero. Hemos escuchado decenas de veces que la adoración es lo primero y que es urgente predicar correctamente la Palabra y partir el pan con todos; que en la Iglesia, ejercer el ministerio de la reconciliación implica perdonar todo y siempre, TODO Y SIEMPRE.
Y lo hemos visto detenerse por largos ratos ante la Madre. “Porque mi vida y mi ministerio sacerdotal y episcopal lo he siempre confiado a la Madre de Nuestro Señor, María Santísima”.
Querido hermano, querido padre, querido amigo, descansá en la paz de Jesús Nuestro Señor. Amén.




