Bienaventurado Silencio.
Dichosa Palabra
Como quisiera, queridos hermanos cristianos, que asimiláramos esa noticia y la hiciéramos nosotros vivencia, testimonio, confianza,seguridad. Y que, a nuestro alrededor en vez de inspirar pesimismo, tristeza, psicosis, miedo ,inspiráramos más bien la confianza del ángel: ¡Anuncio una gran noticia! Aunque vengan todas las catástrofes, hay renovación. Dios ha venido y el Espíritu de Dios hace nuevas todas las cosas.
San Oscar Arnulfo. Romero, obispo y mártir
Homilía de Navidad, 1979
p. Luis A. Costantino Avila omv
La invitación que nos hacen los ángeles de Belén, otra vez, consiste en ponernos en marcha, aunque es de noche. Arropados por el silencio hagámonos peregrinos de la Palabra.
Jesús se levantó y dio una orden al viento, y dijo al mar:
— ¡Silencio! ¡Quédate quieto!
El viento se calmó, y todo quedó completamente tranquilo (Mc 4,39)
En esta noche, Señor, la tranquilidad del silencio nos conmueve y rogamos que también el espíritu por fin haga silencio.
Nuestro mar, nuestras tempestades se han acallado.
Nos volvemos uno con nosotros mismos cada vez que callamos y oímos.
Callar para poder oir. Callar para poder oírte.
Oir el atronador silencio de tu presencia.
¿No era esa la lección aprendida, que nos reconcilia con aquella sabiduría que es la madre del amor hermoso?
Hemos emparentado demasiado nuestras vidas, Señor, con el ruido y las voces disonantes, discordantes.
Nos hicimos cómplices del rumor y del malentendido.
Nos hemos habituado a vivir sometidos a la tempestad que agobia, que no permite distinguir el roce suave del Espíritu en nuestra carne.
Y así, conocedores del bien y del mal, hablamos palabras que no explicaron el amor porque no entienden de entrega ni mucho menos de piedad.
Señor, no podíamos creer que en la brisa suave venías hasta que oímos tus pasos en nuestro jardín.
Estabas vestido de esclavo al punto que pensamos que eras uno de tantos.
En muda pobreza y en total despojo por fin entendimos la humanidad.
¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te vuelves atrás? (Sal 114,5)
Elegimos entonces hacer silencio, vivir de él, respirarlo.
Permitirle que nos abrace, nos conduzca y nos abra paso.
Para comprender lo humano, para amarlo y hacernos también nosotros semejantes a ti en todo.
Para hacernos pobres como tú, Señor.
Y amarte eucarístico en toda carne con hambre y sed, de paso y desnuda, enferma y sin libertad.
Amarte en silencio, sin juicios torpes o destemplados.
Amarte en silencio, sin juicios torpes o destemplados.
Inclinados en búsqueda de la estatura de nuestro propio niño erguido reverenciamos el misterio de toda carne a la cual estás indisolublemente unido, Niño de Belén, por aquella poderosa decisión del amor.
Incontestablemente desposados a tu pequeñez, que no se retracta de lo que juró, y convencidos del nocturno diálogo, silencioso y obstinado, entre Dios y los hijos de Adán, nos dejamos cobijar por la serena luz que sonríe en los labios de María.
Su madre atesoraba todas estas cosas en su corazón (Lc 2,51)
No existe soledad mientras nos permitas hallarte.
Mientras te permitamos que nos encuentres.
Y que nos encontremos, en amorosa adoración, en aromas a presencia y mirada, en sabor a regazo y piel materna.
No existe suficiente infierno que nos aparte del humilde rincón donde está pariendo la mansedumbre, para amarrarnos en un hágase a su pecho bendito.

Señor, no soy digno de que entres en mi casa,
pero bastará una sola palabra tuya (Mt 8,8)
Es cierto, no son necesarias más palabras.
Todas ellas se vuelven sonidos confusos, vagos, vacuos.
Porque el Padre ha pronunciado la Palabra definitiva y su presencia mudó en balbuceantes expresiones de ternura.
La verdad se hizo fragilidad para poder ser amada y nunca por nadie temida.
El juicio de Dios se presenta envuelto en pañales para que fácilmente podamos comprender lo ancho y lo largo, lo alto y lo profundo de una tal predilección.
Haznos palabra también a nosotros, Señor.
Es decir, coherentes contigo, con tus modos para con la humanidad, con el evangelio de la misericordia entrañable, consonantes con el sí femenino que oímos en Nazaret.
Que pronunciemos palabras de cordialidad, creadoras de esperanza, palabras aptas para el exorcismo de la desolación y del descorazonamiento.
Que digamos palabras, Padre, que nos devuelvan a los sentimientos que hay en Cristo Jesús.
Esta noche, la bondad del pesebre inhibe la altisonancia reñida con la projimidad y la empatía.
Por eso, nos rendimos ante la noble mirada que nos reconcilia y ante la cual nos confesamos pobres.
Si es cierto que hablamos de aquello de lo que abundamos, nos retractamos arrepentidos, sentados en el polvo y la ceniza.
Sí, somos polvo y cenizas, Señor.
Pero enamorados.
El Señor extendió la mano, me tocó los labios y me dijo:
“Yo pongo mis palabras en tus labios” (Jr 1,9)
Como los pastores que regresan a sus rebaños felices, colmados de vida, así también nosotros deseamos visitar este mundo.
Porque hemos visto y oído, hemos tocado con nuestras manos la Palabra de vida.
Hemos sido visitados por el Sol Naciente para también nosotros hacernos luz prometiendo jamás maldecir ninguna oscuridad.
Bendita la noche, bendito el silencio, bendita pobreza que nos permitió intuir que hemos sido amados tanto… tanto.
Dichosa palabra que nos aflora en el rostro, incapaz de acobardarse ante las miradas duras y las tramas oscuras.
Dichosa la palabra que busca y encuentra hermanos.
Como juncos vapuleados por el vendaval, con manos abiertas y limpias, Señor, esta noche hacemos silencio para engendrar palabra.
Que se haga en mí tu palabra, Señor.
Que se cumpla en nosotros todo lo que has dicho.
Amén.







