El amor suele ser así
p. Luis A. Costantino Avila omv
En la Pascua del Señor Jesús hemos aprendido que el transcurrir cotidiano de la vida humana debe ser leído a la luz de aquel acontecimiento medular.
La Pascua es el criterio exegético que nos abre a la profundidad de cada gesto y cada palabra del Maestro.
Hoy que celebramos el tránsito del padre Bruno Lanteri te invito a contemplar algunos elementos centrales que interpretan su propia existencia e iluminan la nuestra propia.
Un muro abierto

En primer lugar, quisiera detenerme en el “hueco en la pared” que le permite a Bruno contemplar el tabernáculo desde su habitación.
Con los ojos ciegos bien abiertos se abandona en la mirada del que lo ama.
“Tengo sed de ti” es su estribillo.
Esa ventana improvisada le permita a Bruno reconocerse cerca del Señor Jesús a la vez que mostrarse vulnerable ante él.
El muro se parte para permitir el encuentro de dos miradas, para celebrar la proximidad entre el sediento y la fuente.
Son amigos, se conocen, se necesitan mutuamente a causa del amor.
La grieta en el muro está cargada de simbolismos, lleva en sí innumerables resonancias. Años atrás, Bruno había indicado que no es conveniente considerar invulnerable a nadie porque en el más duro corazón humano -y Bruno entendía mucho de corazones duros- siempre hay una llave que puede abrirlo.
El Señor la tiene porque el amor suele ser así.
Te invito a contemplar esa bella escena de las últimas semanas de Bruno en Santa Clara.
Y dejarte abrazar en el cruce de ambas miradas.
Escucha, haz silencio, quédate tú también junto a la Fuente.
Tal vez te des cuenta que necesitas mirar la vida de otra manera, ya que en los ojos debilitados del viejo Bruno es posible discernir qué mirar y qué no, y que no vale la pena cansar la vista con lo que contamina la mirada.
A través de la ventana abierta en el muro, ¿qué ve Bruno? ¿Qué ve Jesús?
Es posible que a diario te encuentres con muros difíciles, solidificados.
Muros personales y comunitarios, muros eclesiales y culturales.
Muros que identificamos con la impotencia y la contrariedad. ¿Cuáles son? ¿Desde cuándo convives con ellos? ¿Es realmente verdad que son infranqueables?
A través de la ventanita que da a la habitación,
Jesús ve a un anciano con sed.
¿Qué ve Jesús cuando se asoma a la ventana de tu existencia?
Con un niño en el pecho

Te invito a contemplar otra escena: “veo una Señora que me pone un niño en el pecho a la vez que no puedo respirar”.
Bruno revela una experiencia íntima, cargada de afecto y cercanía.
El hermano Pedro le pregunta si necesita algo. “Nada”, responde sereno.
Es que ya no necesita nada.
La Fuente terminó de abrirse y desbordó, el sediento está satisfecho porque el amor suele ser así.
Bruno deja este mundo cargando un niño en el pecho.
Es la vida que se gesta, se nutre y se protege con cada latido del corazón.
Y es ahí donde esa nueva vida comienza a volar.
Bruno vivió con un niño en el pecho, conservó su corazón de niño, ese mismo que le permite reconocerse como el “hijo de las caricias”.
¿Qué carga tu corazón? ¿Qué te cansa hasta el punto de no dejarte respirar?
Jesús nos advierte que las preocupaciones y las riquezas suelen ahogarnos (Mt 13,22).
Si la muerte viniese a tu encuentro hoy mismo, ¿qué arrojarías lejos de tu pecho para hacerle espacio al niño que la Señora trae para ti?
Sabemos que los oblatos mueren en el púlpito o en el confesionario.
Pero siempre con un niño en el pecho.
La unción

Por último, te convido a escuchar el evangelio de Juan, el capítulo 17,11: “Padre santo, cuida en tu Nombre a aquellos que me diste, para que sean uno, como nosotros”.
Bruno pide que le repitan estas palabras, descansa en ellas para entrar liviano en el abrazo del Padre.
Es el deseo sacerdotal de Jesús que encuentra eco en una pequeña comunidad reunida en torno a su propio padre. Son deseos de cuidado y de unidad.
¡Cuánta necesidad de cuidado y unidad tiene esa pequeña reunión de hermanos!
Porque la tentación siempre ronda vendiendo el espejismo del desentendimiento mutuo y el individualismo.
Bruno muere oyendo palabras de cuidado, que son las suyas mismas.
Contemplando la escena nos percatamos que existe una comunión de deseos que atraviesa la existencia de Bruno y la explica plenamente.
Su muerte revela la razón de su existencia: para que sean uno. Sí, allí se arraigan sus profundas motivaciones.
Como un perfume de mucho valor que se derrama sobre los pies del Esposo preparándolo para su sepultura, las palabras salidas de labios del Señor son nardo puro que ungen la integridad de vida de Bruno, preparándolo para el encuentro porque el amor suele ser así.
Déjate ungir tú también por palabras de cuidado y projimidad.
Y que fluya el perfume del aprecio mutuo, del silencio que protege la fragilidad del hermano y de la amistad que hace simple la alegría y la paz.
Déjate purificar del maloliente sinsentido de la crítica, la condena y el enojo.
Que descienda sobre ti sobre tu cabeza, sobre tu barba y hasta el borde de tu manto el óleo de la unidad.
Junto a una ventanita abierta en el muro para permitir que las miradas se encuentren,
con un niño en el pecho,
ungidos por palabras de amor.
Que tengas un bendecido día.







