«Este es el ayuno que yo amo –oráculo del Señor–: soltar las cadenas injustas, desatar los lazos del yugo, dejar en libertad a los oprimidos y romper todos los yugos; compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo; cubrir al que veas desnudo y no despreocuparte de tu propia carne» (Is 58,6-7)
Desde el inicio de su pontificado, el papa Francisco ha interpelado a la Iglesia y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad con un discurso contracultural, difícil de aceptar para muchos y que él mismo resumió en muchas ocasiones en poquísimas palabras: la compasión, la cercanía y la ternura. Porque esas son las características propias del Señor y los criterios según los cuales los cristianos seremos juzgados a la tarde de la vida.
En este tiempo de Cuaresma que estamos transitando, en el año Jubilar de la Esperanza, quiero proponerte que contemplemos juntos, desde el corazón lanteriano, los modos de concretar el ayuno al cual nos invita la Palabra de Dios.

Abrir los ojos y ver
El mundo que vivimos tiende a hacer invisible el dolor de las personas. La imagen, la novedad, lo que vende y atrapa la atención de las mayorías no suele ser la humanidad descartada; incluso en las publicaciones cristianas, no tienen casi eco (likes) aquellas que reclaman la atención hacia el sufrimiento de los débiles e inocentes. La invisibilización del pobre, débil y sufriente termina convenciendo a las grandes masas que consumen información de que esa realidad no existe o está siendo exagerada por los medios interesados políticamente. Incluso muchos creadores de opinión insisten en que son ellos mismos, los pobres, los responsables y culpables de sus propias desgracias.
Existe a nivel global una positiva estrategia de ocultamiento que facilita los grandes éxodos modernos, conservándolos en el anonimato. Así pueden y suelen operar las mafias, con la complicidad de organismos y funcionarios públicos y el silencio de grandes operadores económicos que se beneficiarán con mano de obra esclava.
El comercio humano produce enormes riquezas a quienes lo promueven y se sirven de él. Habitualmente, los objetivos son la explotación sexual, la esclavitud con fines “laborales” 1 y la venta de órganos. No hay zona en nuestro mundo que quede fuera del mercado humano, tanto como “proveedor” como “receptor”, si es que valen estas expresiones para referirnos al tráfico de personas.
1 Debemos reconocer que es un contrasentido hablar de “esclavitud laboral” porque no son posibles ambas cosas juntas; mientras que el trabajo tiene por finalidad la dignidad de la persona, la esclavitud la destruye.

El caldo de cultivo para estas realidades es la pobreza a la que es sometida más de la mitad de la humanidad. Más de la mitad de los niños del mundo nacen y crecen en situación de escasez, es decir, no se alimentan lo suficiente ni tienen acceso al agua, no cuentan con recursos sanitarios ni educativos. Son muchísimos los niños que a edad temprana deben trabajar o hacerse cargo de hermanitos aún más pequeños que ellos. Suelen ser víctimas de adultos que obtienen enormes ganancias por causa de su vulnerabilidad, dentro y fuera de la Iglesia. Son muchos, demasiados, los niños, niñas y adolescentes vulnerables que son trasladados, esclavizados y asesinados.
Pueblos enteros son manipulados como ganado y desplazados a causa de las guerras que no salen ni saldrán jamás en la tapa de los diarios o en la timeline de las redes sociales.
Los discursos violentos, las amenazas públicas a naciones enteras, las guerras que se hacen y deshacen de acuerdo con los intereses económicos de los fabricantes de armamento terminan por enloquecer las mentes de los ciudadanos de a pie que intentan vivir una vida serena, en una comunidad a la medida humana.
En muchas partes del mundo, el acceso a la salud es dificultoso o imposible. Pensemos un instante en la gran cantidad de personas mayores que deben optar entre alimentarse o adquirir sus medicamentos. Mientras tanto, la industria farmacéutica -ligada estructuralmente a la alimenticia- factura millones, auspicia políticos y se enjuaga la cara con la publicidad global.
La violencia intrafamiliar, los consumos problemáticos y las adicciones, el suicidio adolescente, los salarios insuficientes, el dificultoso o hasta imposible acceso a la vivienda o a una porción de tierra suelen ser realidades con la que muchos convivimos a diario sin percatarnos, precisamente a causa de ese manto de invisibilidad que nos la mantiene oculta a los ojos y a la sensibilidad.
Entre ustedes no debe ser así
Hace algunos años, Dysmas de Lassus, prior general de la Cartuja, publicó una valiente reflexión en torno a los abusos en la Iglesia 2. En una de sus páginas, partiendo de la experiencia de una mujer, se detiene sobre la dificultad de aceptar esta realidad como verdadera. Porque los testimonios de las víctimas son increíbles; y tanto lo son que se vuelven imposibles de reconocer y si lo son es “porque no pueden ser, no sucedieron, nunca pasaron, nunca, nada”.
A veces es esta la primera reacción casi espontánea del corazón humano ante la revelación del dolor de la humanidad. Y no es en sí mismo un problema. Es comprensible que el espíritu tienda a defenderse y a desear distancia de tanto sufrimiento. También es comprensible que traslade su enojo a quien le indica y hace ver dónde habita el sufrimiento.
2 Dysmas de Lassus, “Risques et dérives de la vie religieuse”, 2020.
Sin embargo, la pedagogía del Señor suele ser la de no ocultar la realidad a quien debe abordarla con corazón pastoral. “Los reyes de las naciones dominan sobre ellas, y los que ejercen el poder sobre el pueblo se hacen llamar bienhechores. Pero entre ustedes no debe ser así” (Lc 22,25-26). Ahí está el criterio: entre ustedes no debe ser así. Tomen, entonces, la actitud diametralmente opuesta a la que horada la dignidad humana, no participen del círculo vicioso que invisibiliza el dolor de las víctimas, no ignoren que el pecado de este mundo consiste en destruir la preciosa imagen del Dios de la vida, no acepten como propio ni repitan el discurso de Herodes que acaba por culpar a los inocentes y justificar el descarte humano en nombre de la paz.
En el corazón lanteriano caben “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren” (G.S.1).
Por eso, frente a la espontánea defensa ponemos la empatía; ante los discursos hegemónicos, el contacto y el discernimiento de la realidad; ante la dispersión y la sensación de caos, una comunidad organizada por el amor.
Nuestros cinco panes de cebada
El día de nuestra profesión perpetua prometimos solemnemente orar por todas las necesidades del mundo. Porque todo el mundo es la medida del corazón del consagrado. Allí, en la oración reside nuestra primera expresión genuina de la empatía evangélica. Orar puede parecernos poco o un eufemismo para mantener las conciencias adormecidas y distantes del compromiso con la realidad. Sin embargo, la oración cristiana, esa que es diálogo de amor con el Padre que está en lo secreto, jamás podría convertirse en fuga sencillamente porque el Padre nunca orientaría a sus hijos a algo distinto de la opción del Hijo. Hablamos de oración creyente y no de regodeos narcisistas ante un altar, una estatua o un espejo. Quien realmente escucha y obedece al Padre se vuelve capaz de comprender este mundo y esta humanidad como los comprende él, sin máscaras ni edulcorantes.
En la eucaristía nos hacemos uno con el Señor Jesús, hablamos en primera persona, celebramos pidiendo sus mismos sentimientos y nos unimos a los sentimientos de todos los que testimoniaron la fe, nos identificamos con su entrega voluntaria y total para quitar el pecado del mundo. En la mesa del pan bendito y del vino entregado celebramos una alianza tan constitutiva con el Cordero inocente que no podríamos jamás desentendernos de aquellos con quienes él se ha identificado hasta derramar su sangre (cfr Mt 25,32).

En la adoración silenciosa lo proclamamos Señor de la historia y nos reconocemos siervos inútiles, que solo hacemos lo que nos es mandado y gozamos con poder llevarlo a cabo. Inclinados ante él nos liberamos de todo mesianismo e individualismo, de todo espíritu mundano y calculador, nos purificamos de las trampas que suele hacernos nuestro espíritu cuando acaricia los límites del dolor y de la muerte. En el silencio de la alabanza, obramos de acuerdo con lo que fuimos hechos y le rogamos que él también obre según lo que él es.
Al momento de proclamar la palabra, en el púlpito o fuera de él, en contextos orantes o fuera de ellos, dentro o fuera del templo, de forma oral o escrita, el Señor coloca en nuestras manos una herramienta preciosa y delicada a la vez. Es su Palabra, no nuestra necesidad de decir cuatro verdades. Julio Cura solía repetir que no debemos callar lo que la Palabra denuncia y jamás hacerle decir a la Palabra lo que ella nunca dijo. Si la Palabra denuncia, no te calles; si consuela, ensancha el corazón; si reprocha, hazlo también; si perdona, sé misericordioso; si invita a la conversión, facilita el camino; si la sientes difícil o contaria a lo que vives, no te calles, no es la mejor de tus palabras la que salva, sino sólo la Palabra del Señor es la que libera. Siempre que tengas la ocasión de tomar la palabra tendrás la oportunidad de hacer visible lo que el mal por su propia naturaleza tiende a ocultar. Tanto en un ámbito cuidado como suele ser el de los Ejercicios o en una reunión parroquial o en un curso de formación o en un mero discurso social, siempre tendrás ante ti mujeres y hombres golpeados por el mal, corazones que guardan silencios mudos o incluso negados o narcotizados. Que después de oír tus palabras -las que dices a tiempo y de las otras también- nadie se aparte de ti sin haber gustado la misericordiosa ternura del Señor.
El ámbito de la reconciliación suele darnos un marco tan bello que cuanto allí sucede queda guardado en el corazón del penitente y, tantas veces, en el nuestro propio. Es verdad que en muchas regiones el sacramento de la reconciliación pasó a ser un alimento extraño y extraordinario. Sin embargo, la necesidad de una oreja parece no pasar de moda. El regalo de la escucha sin apuros sigue siendo una obra de misericordia. Y todos sabemos que no es fácil encontrar sacerdotes o religiosos/as disponibles o preparados para escuchar o, mucho menos, para discernir. En las horas de espera en un confesionario se palpa desde dentro la ansiedad de aquel padre que cada mañana salía a la terraza a ver si su hijo había regresado (Cfr Lc 15,11). Y si quien llega allí no tiene claros deseos de “confesar pecados” sino más bien de contar algo o de pedir consejo, dedícale tiempo, quédate con él allí el tiempo que sea necesario. Tantas veces los dolores viejos necesitan mucha paciencia y un marco de seguridad personal que hagan posible la narración. Es muy probable que no seas tú la primera persona con quien intenta hablar y esté decidiendo en ese preciso momento si puede confiar en ti. Una persona herida en la confianza necesitará sanar su corazón con mucho aceite, mucho vino y mucho tiempo. Y si pide perdón, aunque sea débilmente, perdónala; y si no lo pide, ofrécele tú el perdón. Pero que no te deje sin llevarse la misericordia de tus ojos 3.
3 Cfr San Francisco de Asís, “Carta a un ministro”, c.1221-1223.
La visibilización del dolor de las víctimas no conlleva la exposición de sus tragedias, sino más bien un marco institucional de cuidado y respeto. Las parroquias y otras instituciones eclesiales y muchas personas en ellas suelen tener el carisma de la ternura. A veces es suficiente vincularlas y sostenerlas. Y siempre será necesaria mucha creatividad -caridad- pastoral.
“Tengan valor: yo he vencido al mundo” (Jn 16,33)
Ante el dolor humano y ante el poder de quienes lo provocan podemos sentirnos como los discípulos que solo reúnen cinco panes y dos peces. “¿Qué es esto para tanta gente?”, nos preguntamos lícitamente. Sin embargo, no está permitido el desencanto. No es nuestra energía ni nuestra maestría ni la mejor de nuestras organizaciones la que transformará el desierto de este mundo en el vergel que anunciaron los profetas. La comunidad lanteriana tiene por vocación ser una presencia tan amorosa como discreta, pequeña como el grano de trigo que debe morir para dar vida. Podemos incluso sentirnos intrascendentes e irrelevantes, sin estructuras ni herramientas para curar el corazón humano. La Madre Teresa se imaginaba una gota en el océano, pero que no puede faltar; le bastaba con cuidar un niño, “dámelo a mí si tú no lo quieres, yo lo cuidaré”, decía.
Nuestra existencia oculta con Cristo en Dios es una presencia reconciliada y reconciliadora. Me gusta pensar que no es poca cosa que 150 hombres tomen la palabra cada domingo y se expresen en ternura y compasión, tengan ojos abiertos para perdonar todo (que parece ser lo más difícil hoy en la Iglesia) y conserven gestos de cercanía cordial. Para muchos -desgraciadamente demasiados- una sola palabra, una sola mirada o un solo gesto serán la única experiencia amorosa en sus vidas.



