Maria, la mujer icono del Misterio

Mons. Bruno Forte

Homilía en la fiesta de la “Mater Populi Teatini”
11 de octubre de 2007

«El solo nombre de la Madre de Dios contiene todo el misterio de la economía de la Encarnación»: esta frase de san Juan Damasceno (De fide orthodoxa, l. III, c. 12), el «sello de los Padres», como gusta llamarlo Oriente, resume una convicción constante de la fe. La Virgen María, en cuanto está totalmente unida al misterio del Verbo encarnado, es compendio del Evangelio y figura concreta de la fe de la Iglesia: no se puede hablar de María sino en relación con su Hijo y con la obra integral de la salvación manifestada en Él; y, por otra parte, la misma intensidad de la relación de la Madre con el Hijo hace que se refleje en ella, desde el lado de la criatura, la totalidad de cuanto en Él se ha realizado. Por eso puede decirse que la historia de María es «la historia del mundo en compendio, su teología en una sola palabra» y que ella es «el dogma viviente, la verdad sobre la criatura realizada» (Pavel Evdokimov, La mujer y la salvación del mundo, 54 y 216).

«Entrada íntimamente en la historia de la salvación» —afirma el Concilio Vaticano II—, «María reúne en sí y refleja los principales datos de la fe; así, cuando se la predica y se la honra, ella remite a los creyentes a su Hijo, a su sacrificio y al amor del Padre» (Lumen Gentium 65). En la historia de la Virgen Madre resulta posible descubrir la lógica de Dios, tal como se ha manifestado a lo largo de toda la historia de la salvación: María remite a la totalidad del Misterio y, al mismo tiempo, lo refleja en sí. María es verdaderamente la mujer, icono del Misterio.

María es la mujer: una joven de la tierra de Israel a quien le fue dado vivir la extraordinaria experiencia de convertirse en la madre del Mesías. La grandeza de lo que aconteció en ella no debe hacernos olvidar la humildad de su condición, la cotidianidad de sus fatigas en la familia de Nazaret, la oscuridad del itinerario de fe por el que avanzó, los condicionamientos recibidos del ambiente que la rodeaba, la profundidad de su ser mujer y el haber conocido los diversos estados de la experiencia femenina: virgen, madre y esposa.

María no es un mito ni una vaga abstracción, como muestran también los rasgos profundamente judíos de su personalidad de mujer, que supo vivir del modo más elevado la fe y la esperanza mesiánicas, experimentando en sí misma, de una manera inaudita, su cumplimiento y, al mismo tiempo, un nuevo comienzo. Esta mujer concreta fue el lugar del advenimiento de Dios en la carne del mundo, sin perder nada de su plena humanidad ni de su profunda feminidad: al elegir a esta mujer, Dios quiere poner de relieve, ante todo, la personalidad femenina. Ella es la «bendita entre todas las mujeres», así como es «bendito el fruto de su vientre», Jesús (cf. Lc 1,42).

El significado universal de María, por tanto, se sostiene o cae con su singularidad de mujer: en la escuela de María todos estamos llamados a ser verdaderamente humanos y a querer serlo, según la riqueza de humanidad que Dios ha dado a cada uno en la realidad concreta de su situación histórica y de su vocación eterna. En María se celebra la dignidad de todo ser humano, en su condición de mujer o de hombre, y la vocación a ser «socio» de Dios, aliado con Él para realizar la salvación de todos.

María es, al mismo tiempo, el icono del Misterio: en ella se da el doble movimiento que atraviesa todo icono, el descenso y el ascenso. En ella resplandece la obra de gracia del Eterno y el libre consentimiento que la fe le ofrece. Así como el icono es la visión de las cosas que no se ven, así también la Virgen Madre, ante la mirada de la fe que la contempla a la luz del misterio del Verbo encarnado, aparece como el lugar de la Presencia divina, el «arca de la alianza», cubierta por la sombra del Espíritu, la morada del Verbo de la vida entre los hombres.

Mirar a María, «icono del Misterio», significa, por tanto, escrutar las profundidades de Dios que, por medio de ella, se comunicaron a los hombres en el Hijo Jesús. El Misterio es el designio divino de salvación, un tiempo encerrado en el silencio, pero ahora revelado en Jesucristo (cf. Rm 16,25; 1 Co 2,7s; Ef 1,9; etc.): es la gloria escondida bajo los signos de la historia. Implica, al mismo tiempo, la visibilidad de los acontecimientos en los que se realiza y la profundidad invisible de la obra divina que en ellos se lleva a cabo.

En cuanto tal, el misterio abarca la verdad sobre Dios y la verdad sobre el ser humano, creado y redimido por Él: ya la escena de la anunciación, densa anticipación de la Pascua, revela a la Trinidad como el seno adorable que acoge a la Virgen santa, al mismo tiempo que manifiesta a María como seno de Dios. Envuelta en el designio del Padre, María será cubierta por la sombra del Espíritu, que hará de ella la madre del Hijo eterno hecho hombre.

Entre María y la Trinidad se establece una relación de profundidad única: «Redimida del modo más sublime en atención a los méritos de su Hijo y unida a Él con estrecho e indisoluble vínculo, está enriquecida con la suprema misión y dignidad de ser madre del Hijo y, por ello, es la hija predilecta del Padre y el templo del Espíritu Santo» (Lumen Gentium 53). María es «el santuario y el reposo de la Santísima Trinidad» (san Luis M. Grignion de Montfort, Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, n. 5).

En la escuela de María aprendemos entonces a vivir de la belleza de la Trinidad divina, como nuestro Sínodo nos invita a hacer: en cuanto Virgen, ella está ante el Padre como pura acogida y nos enseña a amar y cuidar el silencio contemplativo y la acción eucarística como culmen y fuente de la vida.

En cuanto Madre del Verbo encarnado, María vive la gratuidad del don, haciéndose fuente de un amor que da la vida, y es por ello icono de la Iglesia de la caridad, que coloca por encima de todo la urgencia de darse a sí misma y procura vivirla, sobre todo, hacia los más pequeños y los más débiles.

En cuanto arca de la alianza nupcial entre el cielo y la tierra, Esposa en la que el Eterno une consigo la historia y la colma de la sorprendente novedad de su don, María nos llama a unir el cielo y la tierra mediante el servicio de la evangelización y la disponibilidad para hacernos cooperadores de Dios en la obra de la justicia y de la paz.

En la Virgen Madre, humilde sierva del Omnipotente, se nos ofrece la impronta de la vida plena del creyente, vivida en la participación de la vida eterna de Dios, Trinidad santa. Precisamente así, María es icono de la Iglesia que viene de la Trinidad y va hacia la Trinidad en la peregrinación de la historia, encaminada hacia el tiempo en que Dios será todo en todos y el mundo entero será su patria (cf. 1 Co 15,28).

María es la mujer-Iglesia, la hija de Sión del tiempo mesiánico. En la figura concreta de la Madre del Señor, la Iglesia contempla así su propio misterio, no sólo porque encuentra en ella el modelo de la fe virginal, de la caridad materna y de la alianza esponsal a las que está llamada, sino también porque reconoce en María su propio arquetipo, la figura ideal de lo que debe ser: templo del Espíritu, madre de los hijos engendrados en el Hijo, Cuerpo suyo, pueblo de Dios peregrino en la fe por los senderos de la obediencia al Padre.

El Vaticano II, situando a María en el misterio de Cristo y de la Iglesia, pudo reconocerla «como miembro sobreeminente y del todo singular de la Iglesia, y como su imagen y excelentísimo modelo en la fe y en la caridad». Por ello, «la Iglesia católica, instruida por el Espíritu Santo, la venera con afecto de piedad filial como a una madre amadísima» (Lumen Gentium 53).

Que la Virgen-Madre-Esposa nos enseñe a amar a la Iglesia y a ser Iglesia del amor, pueblo del diálogo, de la comunión y de la corresponsabilidad.

A Ti, Madre del Amor Hermoso,
consagramos nuestro corazón,
para que nuestro sí se convierta, como el Tuyo,
en fuente de amor tierno y atento,
humilde y concreto,
y para que, como Tú, Arca de la Alianza,
llevemos a cuantos encontremos
la alegría de la presencia del Amado.

A Ti, Esposa de las bodas eternas,
que cantas las maravillas realizadas por el Esposo
en la humildad de Tu historia y de la nuestra,
confiamos los pensamientos, palabras y obras
de cada uno de nuestros días,
para que, en la fidelidad al don del Amor,
sean todos pensamientos de paz,
cántico de alabanza,
palabras de esperanza,
obras de justicia
y de dulcísima caridad.

Virgen, Madre y Esposa,
Reina toda hermosa del cielo y de la tierra,
intercede por nosotros
para que lleguemos a cantar contigo
y con todos los Santos,
junto con cuantos nos fueron confiados en el amor,
el cántico nuevo del Cordero
en la Jerusalén eterna,
resplandeciente con la belleza
del día del amor que no muere.

Amén. ¡Aleluya!