Introducción

El 1 de septiembre de 2026, la Congregación de los Oblatos de la Virgen María celebra los 200 años de su aprobación pontificia mediante el Breve Etsi Dei Filius del papa León XII.

El «sí» que la Iglesia de Roma confiere a aquella iniciativa nacida en Carignano -y que había ya reunido a Pio Brunone Lanteri, Giovanni Battista Reynaudi, Ignazio Carrera, Giuseppe Loggero, Pietro Vigo Pallavicini, Luigi Craveri, Giovanni Antonio Ferrero y Francesco Biagio Botto- es la formal recepción del carisma que el Espíritu dio a luz en la Iglesia.

Mediante la vida y el servicio de estos hombres consagrados a Dios por las manos de María, el buen Dios se hizo presente en medio de su Pueblo.

Y a quienes sigan sus huellas, la Madre Iglesia -señalando la Regla de vida escrita por el padre Pio Bruno Lanteri- les dice lo que Jesús al doctor de la Ley: «Ve y procede tú de la misma manera» (Lc 10,37).

Celebramos que, en 200 años, muchos hermanos entregaron sus vidas al servicio del Evangelio de Jesucristo en una comunidad simple y pobre como la nuestra.

En diversas geografías y culturas intentaron vivir y testimoniar la caridad y la obediencia de la mejor manera posible.

Hoy estamos agradecidos por su fidelidad; no solamente trayendo a la memoria a los más renombrados de nuestra historia, sino también a todos aquellos que fueron luminosos viviendo en silencio y recogimiento.

Damos gracias al Padre y al Hijo porque la vida que el Espíritu Santo derrama por mediación de nuestra comunidad no se detuvo por causa de nuestro pecado.

El mismo Espíritu que en la Iglesia dijo «sí» dos siglos atrás es el que sigue diciendo «sí» a cada comunidad reunida en torno al carisma lanteriano y a todas ellas en su conjunto.

Celebramos y agradecemos, temerosos y temblorosos, la profunda confianza que el Señor deposita en los Oblatos de María Santísima.

Porque el carisma no nos pertenece, sino que nos es confiado.

Es del Espíritu de Dios y es de la Iglesia de Cristo; es una palabra profética que sale de su boca y no vuelve a él estéril, sino que realiza todo lo que él quiere y cumple la misión que él le encomendó (cf. Is 55,11).

Y, sin embargo, como todo lo que proviene de Dios, lo recibimos por testimonio -palabras y gestos- de nuestros hermanos mayores.

Es un don gratuito, nace del puro amor del Señor para dar continuidad a su propio modo de estar en medio de los hombres, para servir y no buscando ser servidos; brota de la comunión con la Iglesia, nunca por fuera de ella, para que por fin venga el Reino prometido, anticipado y anhelado.

El carisma lanteriano, como todo don personal o comunitario en la Iglesia, es encarnado: está al servicio del Evangelio, ilumina a todo hombre en su real contexto cultural y en sus precisas coordenadas históricas, se expresa en modos humanos, cuenta no solo con los talentos personales, sino también con la constitutiva fragilidad humana, abraza la cruz y hace llevaderas todas las cruces.

No estoy seguro de que sea correcto decir que poseemos un carisma, sino que más bien hemos sido abrasados por un fuego apasionante hecho don de la Iglesia para el mundo.

Celebramos que los hermanos que nos precedieron interpretaron en sus propias vidas las implicaciones de ese carisma para ellos mismos y para su ministerio en medio del Pueblo.

Unos partieron a otras tierras y otros se adentraron en el estudio y la enseñanza.

Mientras unos sintieron el llamado a dedicar largas horas en la confidencialidad del confesionario, otros se entregaron por largos períodos a la predicación en templos y conventos, en plazas o incluso debajo de un árbol.

Interpelados por aquel buen sacerdote piamontés de salud frágil y tenacidad inversamente proporcional a su salud, no han sido pocos los que se reconocieron íntimamente interpretados en sus búsquedas personales y asumieron el carisma como expresión de la propia madurez humana y espiritual.

Entonces, unos encontraron plenitud en una vida oculta con Cristo en Dios y otros encauzaron su elocuencia y vivacidad en la predicación y animación pastoral.

Mientras unos construían templos y catedrales, otros optaban por la pura intemperie.

Unos se destacaron por su modo de conducir a los hermanos y otros por su obediencia.

Unos supieron involucrarse directamente con la gente más sencilla y postergada; otros salieron al encuentro de mandatarios y gobernantes.

De una u otra forma, todos experimentaron personalmente que ese carisma de origen divino les impulsó a salir de sí mismos y a identificarse con Cristo Jesús.

Fueron tantos los oblatos que no se sintieron autorizados a contentarse -aunque el mundo se les hubiese venido abajo- «con llevar una vida tranquila, de jubilado acomodado, sin molestias ni sufrimientos». Más aún, previeron claramente que «si la Congregación misma no tuviera otra preocupación que la de cerrar convenientemente los balances de cada año, sin preocuparse por los programas o los deberes, podríamos estar seguros de que dentro de cien años ni siquiera quedaría la semilla de los Oblatos. Pero, gracias a Dios, aún no somos decadentes ni estamos acabados» [1].

[1] P. Domenico Pechenino omv, Rector Mayor, “Dopo la Celebrazione Centenaria”, 2 de marzo de 1927.

Sin embargo, es correcto decir que, a lo largo de estos dos siglos, hubo hermanos que tomaron decisiones y emprendieron acciones que, en ocasiones, generaron dificultades o incomprensiones.

No obstante, incluso cuando sus iniciativas no fueron siempre perfectamente acertadas, no podemos dejar de reconocer que en todas ellas latía un deseo profundo de fidelidad a la misión recibida y al carisma que les fue confiado.

Las imprudencias o errores no niegan la autenticidad de la entrega, sino que muestran la complejidad del caminar humano y las dificultades inherentes al discernimiento del modo más adecuado de vivir la propia vocación en contextos históricos cambiantes.

Así, el conjunto de obras y opciones realizadas a lo largo de la historia por la Congregación refleja, pese a todo, la búsqueda sincera de responder al Espíritu y servir a la Iglesia, aun cuando el resultado no siempre haya sido el esperado.

Reconocemos que todo carisma proviene de Dios como semilla y que a él debe retornar lleno de frutos; por eso, nos toca hoy a nosotros -a cada uno y a todos- dar continuidad a la cordial acogida del don del Espíritu e interpretarlo existencialmente, sin abandonarlo en la esterilidad de la incomprensión, de la inconstancia, de las preocupaciones o abrumado por las riquezas (cf. Mt 13,19-22).

¿Es posible ser infieles a esa semilla? Sí, cada vez que nos divorciamos del amor a Dios y a los hermanos.

Y en ese aspecto, cada uno de nosotros deberá examinar la propia conciencia y dejarse convencer nuevamente de que, sin caridad, nuestra congregación se vuelve irrelevante y cada una de sus obras, por más espirituales que aparezcan, no será más que una carga pesada en las espaldas del Pueblo de Dios (cf. 1 Cor 13).

De todos modos, este es tiempo de agradecimiento gozoso y humilde.

Somos pobres, pequeños y pecadores y, tal vez por eso mismo, hemos sido profundamente amados por el Padre bueno, que nos vio a la distancia, se nos colgó al cuello, nos acogió, nos perdonó, junto al fuego nos preguntó si seguíamos siendo amigos, nos confió su rebaño y nos sigue reservando un lugar a su mesa, a la derecha, en el sector que corresponde a sus benditos (cf. Lc 15,20; Jn 21,15; Mt 25,33).