¿Por qué el camino de la Paz?
Hermana Teresa Maya CCVI
Año Jubilar
Roma, 11 de octubre de 2025
“¿Por qué paz?” Esta fue mi pregunta cuando leí que representantes de todas las formas de vida consagrada de alrededor del mundo habían coincidido en que invitaban a toda la vida consagrada a una celebración del Año Jubilar “Peregrinos de Esperanza: Por el Camino de la Paz”. Las respuestas han variado, pero casi todas coinciden en la conciencia de que falta paz, que cada vez hay más lugares en guerra, que crece la violencia en nuestros entornos. De todos los continentes crecen los clamores, las consagradas y los consagrados a algo estamos llamados. ¿Cuáles fueron sus preguntas? ¿Cuáles fueron las preguntas de sus institutos? ¿Por qué paz? ¿Qué significa ser peregrino de esperanza por el camino de la paz? Claro que mis preguntas se multiplicaron conforme reflexionaba y consultaba con las personas más comprometidas con la construcción de la paz, con la no-violencia, que conozco. Tres momentos de mi historia personal además inmediatamente se sumaron a mi reflexión. El primero, fue lo que aprendí sobre la importancia de educar para la paz. El primer recuerdo fue de la Hermana Marcía, una dominica de California apasionada por convencer a sus alumnas de secundaria de que tenían que luchar por el fin de la guerra. Aprendimos sobre los horrores del Holocausto en la Segunda Guerra Mundial, nos pidió leer sobre las atrocidades de las armas nucleares. Y además nos invitaba a las vigilias que en los años 80 en Los Ángeles había en centros nucleares. Tal impresión me dejó la Hermana Marcia que cuando tuve la oportunidad de viajar a Japón, visité Hiroshima y quedé convencida para siempre de que las armas nucleares eran una amenaza para el futuro de la humanidad. Pero, ¿será que se nos olvida? El segundo momento fue mi experiencia reciente de la oración por la paz que los participantes de la Institución Chautauqua en EEUU ofrecen todos los días a un lado del “Poste de la Paz” — que se instalaron por diferentes partes del mundo. Y reflexionaba, ¿será que la paz solo les preocupa a las personas mayores? ¿Será que la memoria se nos desaparece? Finalmente, me encontró un tercer momento, que todavía me impacta. Fue mi primera visita a un memorial en Lima, Perú, que se llama el “Ojo que Llora,” memorial a las atrocidades de la violencia. Impactante monumento de piedra con una lágrima de agua que sale despacio, igual que cuando el dolor es tan profundo que las lágrimas fluyen silenciosas, sin consuelo. Alrededor, pequeñas piedras con nombres, miles de nombres, de las personas que perdieron la vida en los conflictos de Perú. Maestros, campesinos, mujeres, niños y también entre ellos religiosos y religiosas. Hoy pregunto a quienes estamos aquí: ¿Cuándo decimos paz, qué momentos aparecen en tu reflexión? ¿Qué reflexión se despierta en ti?

Después, mi reflexión me hizo pensar que hemos “devaluado” el llamado a la paz de nuestra tradición como Iglesia. Hace unas semanas la arquidiócesis de San Antonio donde vivo mandó un comunicado con la pregunta: ¿Qué te impide alcanzar la paz que Cristo quiere darte? Y, otra vez, reflexionaba, ¿por qué por el camino de la paz? ¿Será que se nos perdió? ¿Será que se nos devaluó? ¿Será que nos dimos por vencidas? Lo decimos con frecuencia, “perdí la paz” o eso me “quitó la paz”. ¿Qué decimos en realidad cuando decimos: “descanse en paz”, o que “la paz esté contigo”? ¿Será que lo decimos por costumbre, sin sentirlo? Además, me cuestiona que, como vida consagrada, cualquier forma de vida consagrada, cualquier tipo de instituto, celebramos la Eucaristía donde pedimos la paz, donde se nos ofrece esa paz de Cristo. ¿Por qué tenemos que reflexionar sobre la paz, si nos la damos y la pedimos tantas veces en la Eucaristía? El sacerdote nos dice “la paz esté con ustedes” y nosotros le respondemos que también con su espíritu. Antes de la comunión “concédenos la paz en nuestros días”, y sigue la liturgia “la paz les dejo la paz les doy” y pedimos “no tengas en cuenta nuestros pecados sino la fe de tu iglesia, y concédenos la paz”. Y terminamos siempre… “vayamos en paz.” ¿Por qué como sociedades, como iglesias, como vida consagrada a pesar de haber codificado la oración por la paz en tantos espacios de nuestra cotidianidad, necesitamos recomprometernos por el camino por la paz?
La invitación a la VC a vivir el Jubileo por el camino de la paz
El Dicasterio de la Vida Consagrada nos convocó a celebrar juntos y juntas el Jubileo de la Esperanza. El calendario jubilar ha estado impresionante, hemos celebrado jubileos de jóvenes, comunicadores, migrantes, trabajadores de salud, catequistas, obispos y familias. El nuestro tiene lugar en los últimos meses del año jubilar. Me preguntó ¿cómo se organizó el calendario? Por suerte nos toca después de varios meses, venimos de celebraciones en nuestros institutos, conferencias y países. Tuvimos tiempo de aprender al canto en varios idiomas, de escucharlo con guitarra y piano. Ahora somos nosotros y nosotras los peregrinos. ¿Qué cuentas rendimos del Jubileo? El Papa Francisco hizo una invitación con varias dimensiones. Además de los festejos, ¿podremos decir misión cumplida? ¿Redoblamos nuestros esfuerzos por los ancianos, los migrantes, hemos ofrecido “sentido” en momentos donde está tan amenazada la dignidad humana? El compromiso jubilar de la vida consagrada inició desde el 2024, cuando representantes de todas las formas de vida consagrada de todo el mundo se dieron cita en Roma hace casi un año y medio. Al reflexionar sobre cómo invitaban a los consagrados y consagradas a celebrar el jubileo, resolvieron que sería por “el camino de la paz”. Sor Simona Brambilla, ahora nuestra Prefecta del Dicasterio, primera mujer con ese cargo, ofreció una reflexión al final de aquel encuentro cuando era secretaria, recordando tres verbos – creer, crecer, caminar – que involucran el cuerpo, la mente, las entrañas, la persona entera. “Puedes creer cuando te adhieres y amas. Es posible crecer aceptando opciones y dejando otras. Podemos caminar porque sabemos movernos y convertirnos. Fortalecidos por el abrazo amoroso de Dios y la conversión personal, podemos afrontar el camino del testimonio». Luego motivó a todos los consagrados sobre cómo continuar el camino iniciado en este Congreso, preparándose así para recibir el mandato de preparar el Jubileo.” Han transcurrido más de dos años desde que el dicasterio nos envió la invitación para el año jubilar “El lema del jubileo de la vida consagrada será: “Peregrinos de esperanza por el camino de la paz”, precisamente porque nos parece que la urgencia más importante de nuestro tiempo es la paz.” Aquí estamos, un pequeño resto, representantes de todo el mundo y formas de vida consagrada. Seguro que todos queríamos venir a Roma. Claro que nos perdimos el concierto “Grace for the World” con Andrea Bocelli que finalizó la reunión sobre la Fraternidad Universal, pero ¡llegamos justo a tiempo para acoger a Nuestra Señora de Fátima! Espero que nuestro viaje no solo sea para cada una de nosotras y nosotros, que no sea una foto más para nuestras redes, que no sea solo para ver Roma, para recibir indulgencias a nivel personal, para buscar el selfie con nuestro nuevo Papa. (Los que tuvieron esa suerte, seguro ya están recibiendo felicitaciones en su WhatsApp). Mas bien: ¿Cómo participaremos con nuestras hermanas y hermanos de esta experiencia? ¿Cómo cambiará nuestro compromiso después de esta peregrinación? ¿Qué auténtica conversión tenemos que pedir? “Porque al final, al que más se le da, más se le pide.”

Nos falta paz: Los contextos de dónde venimos
Celebrar el Jubileo por “el camino de la paz” es urgencia y llamado. Pregunte a las hermanas del dicasterio, a los miembros de conferencias que estuvieron presentes en la reunión del año pasado, ¿por qué paz? Las respuestas fueron claras, de todos los rincones donde está presente la vida consagrada hay una urgencia por la paz. Hoy empecemos nuestra reflexión reconociendo las diferentes maneras en que perdemos de vista la paz que Cristo nos ofrece. Yo puedo hablar de mi contexto. Vivo entre los dos países más violentos del mundo. Entre México y Estados Unidos sumamos un número insólito de muertes violentas, de violaciones a los derechos humanos, de falta de acogida a las personas migrantes, de polarización e ideologización política. Los organismos que registran las incidencias de violencia en México, por ejemplo, llevan años hablando del “ejecutómetro” y así lo vemos en periódicos y sitios de Internet. En el caso de EE. UU., el derecho a portar armas ha facilitado balaceras, muertes masivas y asesinatos políticos. Las cifras estremecen, solo algunas como el número de suicidios por armas de fuego,3 o el número de vidas perdidas en tiroteos masivos. Basta recordar dos, uno en una escuela católica cuando los niños estaban en misa y el atacante disparó desde las ventanas y otro en una escuela secundaria. Y claro, los asesinatos políticos, de este año en curso, provocados por una ideologización extrema: el asesinato de figuras políticas o el más reciente del orador que inspiró a las nuevas generaciones universitarias. La falta de paz también se descubre en el hambre, el mal trato a las personas extranjeras, la incapacidad de convivir con quienes piensan diferente. La tragedia humana es terrible, abrumadora. Basta escuchar los testimonios de los padres de los niños con cuerpos destrozados por armas de alto calibre, o a la familia que no encuentra donde está detenido su padre por los agentes de migración, o al joven universitario desconcertado porque el uso de su libertad de palabra ahora corre riesgo de muerte.
Todo esto sólo habla de los dos países que mejor conozco. Por un momento, hagamos una pausa para reconocer cómo la violencia se incrementa, se normaliza, se vuelve integral a las sociedades en las que vivimos. Seamos conscientes de la situación en Palestina, los años de guerra en Ucrania, el hambre en el África del Subsahara, la violencia política en muchas partes del mundo. Los migrantes desesperados en el Mediterráneo y en el Pacífico asiático. Reconozcamos también la violencia doméstica, la violencia contra mujeres y niños, la violencia contra los ecosistemas de nuestro planeta. Hermanas y hermanos, hagamos una pausa y reconozcamos que somos parte de esa familia humana que clama por la paz.
El llamado a la Paz
La paz de Cristo nos reclama, nos clama. El llamado crece, pero nuestras sociedades no lo sintonizan. Hoy escucharemos testimonios de consagradas y consagrados que siguen respondiendo, pero también tenemos que reconocer que podemos responder más, mejor y con más amor. Sabemos que en todos nuestros institutos hay hermanos y hermanas inquietos, conmovidos por la violencia, por situaciones de injusticia, por el estado de nuestra casa común. Pero también sabemos que en todos nuestros institutos hay una inercia cansada, una rutina ensordecida. ¿Escuchamos como institutos, como conferencias, como apostolados el llamado a construir la paz? ¿Será que estamos anestesiados? Hay un legado de construcción de la paz en nuestra tradición que nuestro Papa León XIV ahora continúa. El Papa León XVI, desde la primera vez que se dirigió a toda la iglesia, nos ha ofrecido la paz, y nos está llamando a la construcción de la paz. Roguemos que su pontificado nos desafíe a vivir la paz, roguemos por una respuesta cada vez más valiente de parte de la vida consagrada, no estamos para menos. El Papa nos llamó en agosto a unirnos en oración y ayuno a pedir por una paz “sin armas y desarmante.” En los pocos meses de su pontificado, ha pronunciado más de 100 mensajes de paz, nos ha pedido oración, ayuno, fortalecer las instituciones de paz, promover la justicia y el respeto, continuar la educación por la paz. En su discurso a los miembros de movimientos populares y asociaciones que han dado la vida a la “Arena de la Paz” en Verona dijo: “El camino hacia la paz requiere corazones y mentes entrenados y formados en la atención al otro y capaces de reconocer el bien común en el contexto actual”. El camino que conduce a la paz es comunitario, pasa por el cuidado de las relaciones de justicia entre todos los seres vivos.” Y ahora nos ofrece su primera exhortación apostólica, Dilexit Te. ¿Hemos escuchado? Espero que no nos acostumbremos a estos llamados, que sintonicemos cada vez más su urgencia, y articulemos mejores respuestas. El Papa León habla de “comunidades de Paz”. Somos llamados a que la Iglesia, y todas sus comunidades, incluidas las nuestras, sean una “Casa de la Paz”, donde la justicia y la
misericordia se encuentran, donde los vulnerables son protegidos, donde el diálogo reemplaza la división. 6 Yo quiero vivir en una de esas comunidades, pero encuentro que muchas veces nuestras comunidades no acaban de ser una casa de paz, tal vez las confundimos con casas “sin conflicto” o “sin conflicto verbalizado” o con conflictos históricos que buscamos olvidar, que nadie quiere despertar.

La Paz como Shalom-Armonía
¿Qué es la paz? Una amiga laica, quien me ha retado toda mi vida a vivir con congruencia y sin la pretensión de que la vida consagrada tiene privilegios sobre todos los peregrinos bautizados del Pueblo de Dios, me dijo: ¿y tú, sabes qué es la paz? Me recordó, “ la paz es Shalom” es la Paz que Jesús nos pedía y nos ofrecía. Shalom es más que ausencia de conflicto, Shalom no es solo evadir la guerra, el conflicto, los problemas, shalom es plenitud, armonía, justicia, encuentro… dignidad. Al escucharla, recordé a un artista norteamericano cuyas obras han acompañado toda mi vida religiosa, John August Swanson. Un artista activista, un artista-espiritual, un verdadero enamorado de Jesús nos ofreció su reflexión artística de muchas maneras. Y hoy, le quiero invitar a acompañar la nuestra. Cuando hablamos de paz, hablamos del Shalom de Dios, de la armonía a la que Dios nos llama. La obra de John August nos muestra este Shalom en “Peacable Kingdom”, “El Reino de Apacibilidad”. ¿Qué podemos aportar con vida consagrada a que esta visión del Shalom de Cristo se haga realidad? ¿Cómo viviremos “en el camino de la paz”? Hoy les invito a una reflexión en tres partes utilizando los movimientos de la teoría U- ver desde el todo: La Paz como fruto del encuentro; presenciar: la paz como auténtica espiritualidad y cristalizar: la paz como acción.




