La mirada en el horizonte

«Ustedes dicen que aún faltan cuatro meses para la cosecha.
Pero yo les digo: Levanten los ojos y miren los campos:
ya están madurando para la siega».
(Jn 4,35)

A continuación, quiero ofrecer cuatro vías por donde podemos encauzar nuestra presencia y misión en la Iglesia.

Son también cuatro pilares en los que se apoya nuestra vida consagrada y el servicio al que fuimos llamados personal y comunitariamente.

 

1- La centralidad del Señor Jesús

Es nuestro fundamento, pues no nos reúne una idea o una organización eficiente, sino la persona de Jesucristo.

Él es el Alfa y la Omega de nuestro servicio, a él orientamos todo, sin reservas.

 

2- La comunión sinodal

Porque es reflejo de la luz que mana de la Trinidad.

La sinodalidad no es una técnica de reuniones, es la naturaleza misma de la Iglesia que camina unida.

Del mismo modo, también nosotros, desde nuestra familia religiosa, estamos llamados a ser un nosotros eclesial.

Tal vez allí resida el signo más creíble de que el Reino de Dios ya está entre nosotros.

 

3- Al modo mariano

El «fiat» que se hace servicio.

Como ella en la Anunciación, nuestra misión comienza con la escucha y la disponibilidad.

Su estilo es la pedagogía de la ternura y la fortaleza de quien sabe que Dios hace maravillas en toda pequeñez.

 

4- En favor de los pobres y descartados

Es la invitación a tocar la carne de Cristo.

Nuestra opción por los más vulnerables, mucho más que asistencia social, es una exigencia teológica.

En el rostro del pobre, del descartado y del que sufre, reconocemos la carne herida de Cristo. Servirles es adorar al Señor.

1- La centralidad del Señor Jesús

Dice san Pablo: «no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús, el Señor; nosotros no somos más que servidores de ustedes por amor de Jesús» (2 Co 4, 5).

Como protagonistas de la evangelización, cada uno de nosotros individualmente y la familia lanteriana en su totalidad podemos expresarnos con sus mismas palabras.

Porque ninguno de nosotros se predica a sí mismo, ni es nuestro carisma lo que anunciamos, ni a nuestro fundador, ni nuestras obras, ni nuestros mejores logros históricos, sino a Cristo Jesús, el Señor; y esta congregación, reunida por su humilde fundador en la caridad y en la obediencia, no es más que servidora por amor de Jesús.

En este sendero suelen aparecer tentaciones -permítanme sencillamente señalarlas- presentadas como iniciativas, en general todas buenas, que lentamente intentarán desviarnos del único sujeto de nuestro amor y de nuestra palabra.

Estas buscan reemplazar el kerigma liberador por una organizada y sostenida repetición de ideas donde el predicado es el predicador; donde el ámbito eclesial se transforma, lenta e imperceptiblemente, en una facción esposada al líder carismático, y el mensaje del Evangelio termina reemplazado por un «refrito de doctrinas llamativas y extrañas» (cf. Hb 13, 9).

Cuando el Señor pasa a ser un elemento más en el panteón de los creyentes, la espiritualidad deviene en wellness [21] y, en consecuencia, al Evangelio le sobra la cruz.

[21] Una espiritualidad reducida a la búsqueda de la paz mental, el equilibrio emocional o la autorrealización personal.

Desde una perspectiva personal, siempre debemos regresar a una espiritualidad cuya experiencia orante y misionera esté afincada en el Señor Jesús, muerto y resucitado.

En el encuentro personal con el Señor, él nos convence íntimamente de caminar como él caminó (cf. 1 Jn 2, 6) para pasar por este mundo haciendo el bien (cf. Hch 10, 38); nos arranca un nuevo «sí» para abrazar la cruz (cf. Mt 16, 24) y nos devuelve a la confianza y a la entrega gozosa (cf. Sal 37, 4-5).

La vida en el Espíritu es identificación con el Señor Jesús; ella nos preserva y libera de la multiplicidad de miradas que oscurecen y enturbian el corazón, así como de las lecturas parciales de la realidad.

De paso, nos salva de convertirnos en profetas de calamidades que olvidan que él es el Señor de la historia.

 

David Nicgorski testimonia la centralidad de Cristo de esta manera:

«El último día de discusiones marcó el aspecto más desafiante de nuestro tiempo juntos [22]; en ese momento, sin preocuparnos por textos oficiales, pudimos sumergirnos en los datos crudos de nuestras experiencias.

Fue un compartir íntimo y sin filtros, casi demasiado visceral para asimilar en tan solo unas pocas sesiones.

Los comentarios e historias que surgieron durante nuestra discusión fueron ardientes, emotivos, honestos, catárticos y llenos de relatos frustrantes y múltiples ejemplos de cosas que habían salido mal o eran desagradables.

Todas estas historias provenían de un grupo de hermanos sinceramente buenos y trabajadores que intentaban expresar lo mejor posible que querían estar plenamente comprometidos con sus mandatos, pero aun así se sentían exasperados y agotados.

Habiendo pasado tiempo como Rector Mayor pocas cosas me asustaban, pero escuchar esas historias me inquietó sinceramente.

Sentí que estaba enfrentando la muerte de la Congregación.

¿Cómo podían tantos buenos oblatos sentirse tan desesperanzados respecto de las vocaciones y su promoción?

Al concluir nuestras sesiones, la perspectiva sombría era tan abrumadora que me preguntaba dónde o cómo seguiríamos adelante.

Sin embargo, al concluir, algo inspiró a un hermano; su pensamiento capturó la prueba emocional que nuestro pequeño grupo acababa de atravesar (aunque él no era parte del grupo) y dijo: ‘Si, por decisión del Señor, nuestra comunidad religiosa tuviera que morir, preferiría morir abrazando la cruz antes que una cuenta bancaria. Si la muerte me encuentra, que sea en la cruz’.

Ese fue el momento en que sentí que el Señor había estado presente entre nosotros, pues solo el Señor podía haber abordado nuestra tristeza.

Esa frase confirmó que, de alguna manera, el Señor había descendido al infierno con nosotros.

Y esa verdad, es decir, que Él descendió con nosotros, fue el comienzo de una nueva aurora para mí.

Nuestros miedos no querían enfrentar la posible muerte de las cosas queridas y, al mismo tiempo, luchaban contra la oscuridad al identificar lo que realmente temíamos más que la muerte: vivir con un espíritu que busca una salida fácil.

Nadie en la sala quería vivir como esos religiosos tristes que ven problemas por delante y luego amortiguan el camino buscando cosas que anestesian o adormecen el dolor de un camino difícil, como el dinero, relaciones ilícitas o un plan de jubilación cómodo.

Sí, enfrentábamos una situación difícil sin respuestas, pero el siguiente paso no era abandonar el barco, sino permanecer en la incomodidad.

Más tarde, pude conectar toda la experiencia con nuestra celebración del Bicentenario al leer el párrafo inicial de Etsi Dei Filius.

Francamente, nunca habría imaginado que una bula papal sería el comienzo de un remedio para mí.

Trata sobre Dios suscitando vocaciones: hombres que serán sal de la tierra y luz del mundo.

Arroja luz sobre dos grandes verdades que combaten el pesimismo.

La primera es que no somos los primeros en sentir la amargura de tiempos difíciles sin remedios evidentes.

De hecho, nuestros primeros hermanos oblatos, incluido Lanteri pasaron por tales complejidades.

En segundo lugar, Dios hizo promesas.

Promesas que son una seguridad y una alianza, y que oramos para que se manifiesten con soluciones poderosas para todos nuestros ministerios, siempre que creamos en esas promesas.

Estamos en buena compañía» [23].

 

Por eso, los Oblatos de la Virgen María confesamos y anunciamos a un Dios que ama infinitamente a cada ser humano, a quien confiere una dignidad infinita.

Confesamos y anunciamos que el Hijo de Dios asumió nuestra carne humana y que, por tanto, toda persona humana ha sido elevada al corazón mismo de Dios.

Confesamos y anunciamos que Jesús entregó su sangre por nosotros y, por lo tanto, no podemos conservar duda alguna acerca del amor sin límites que ennoblece a toda mujer y a todo hombre que viene a este mundo.

Confesamos y anunciamos que el Espíritu Santo que el Señor Jesús envía desde el Padre actúa en todo y en todos y, por lo tanto, reconocemos que Él procura penetrar toda situación humana y todos los vínculos sociales [24].

[22] Se refiere al encuentro de Formadores tenido en Fontenay-aux-Roses en julio de 2025.
[23] P. David Nicgorski omv, Rector Mayor, “Reflexiones después de la Convocatoria”, 31 de enero de 2026.
[24] Cf. Francisco, Evangeli Gaudium n. 178

2- La comunión sinodal

La Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia católica [25].

Es esa realidad, tan simple y honda, que nos recuerda que «cuando terminaron de orar, tembló el lugar donde estaban reunidos».

Y entonces, «todos quedaron llenos del Espíritu Santo y anunciaban decididamente la Palabra de Dios» (Hch 4, 31).

Parece que la oración común es capaz de hacer estremecer la reunión y a los reunidos por la presencia del Espíritu, bellísima experiencia que seguramente muchos habrán experimentado.

Sin embargo, el mismo Espíritu no permite que el gozo de lo fraterno se convierta en regodeo interno, sino que impulsa a salir en busca de aquellos elementos de santidad y verdad que habitan «fuera» [26], para entregar sencillamente, a quien la desconoce, esa buena noticia que por atracción creó reunión.

[25] Lumen Gentium n. 8
[26] Ib

La comunión eclesial se expresa no solo espiritualmente -en la oración y la predicación-, sino muy particularmente en el permanecer unidos, tanto en el sufrimiento como en la comunicación de bienes.

Aquellos primeros cristianos pedían al Señor que mirara las amenazas y permitiera «anunciar la Palabra con toda libertad para que se realicen curaciones, signos y prodigios en el nombre de tu santo servidor Jesús» (Hch 4, 29); pero, sin desentenderse unos de otros, se sostuvieron mutuamente en un amor hecho de gestos concretos, al punto de que «la multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma, y nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo era común entre ellos» (Hch 4, 32).

Esa primitiva y permanente experiencia de comunión es, tal vez, el bien más insistentemente amenazado, hasta el punto de que en el seno mismo de la Iglesia han aparecido ideologías y grupos adheridos a ellas (cf. 1 Jn 2, 19), ataviados con ropajes antiguos y remiendos nuevos (cf. Mt 9, 16).

Más adelante regresaremos sobre esta reflexión en particular.

Pido disculpas si ahora me detengo particularmente en algunos desafíos eclesiales; porque creo que, al celebrar el bicentenario de aquel respiro universal de nuestra familia religiosa, nos hará bien visibilizar las fracturas que amenazan a la comunidad de los creyentes.

Alguien dijo una vez que solemos dar respuestas a preguntas que nadie se formula realmente.

Y otro afirmó que cuando hemos logrado tener todas las respuestas, de pronto nos modificaron las preguntas.

Los desafíos que la realidad nos presenta suelen ser así: planteos difíciles, siempre novedosos que esperan miradas integradoras más que recetas aliviadoras para unos pocos días.

Algunos desafíos son, en realidad, tentaciones que requieren simple y valientemente una vuelta a la pureza del evangelio en humildad y conversión de vida.

Sin embargo, otros son obra del Espíritu de Dios que actúa en la historia humana.

En ese sentido, el mismo Espíritu que provoca la novedad a la vez entrega las mejores herramientas para abordar la nueva realidad.

Saber distinguir las tentaciones de los desafíos es una clave de todo discernimiento que, en contexto de sinodalidad, requiere mucha comunión de espíritu.

Por eso, la comunión sinodal nos anima a crear lazos con otras comunidades o formas de vida eclesiales.

Es gracias a esa comunión que acabamos por tomar conciencia de que todas las comunidades de vida consagrada estamos movidas por el mismo viento que mueve a toda la Iglesia en su conjunto; y no tendría sentido pretender distanciarnos para hallar una mejor solución a nuestros problemas, sino que sigue siendo mejor optar por transitar el camino de la integración y la hermandad.

Debemos señalar entonces que, ligado a la fraternidad y a los votos -particularmente el de la pobreza- viene todo el universo de la economía y la administración.

En la actualidad, casi todas las comunidades -particularmente las de larga data- discuten internamente sobre la finalidad y resignificación de enormes edificios de grandísimo valor histórico que se convirtieron un peso para la vida y la misión.

El criterio del mercado sólo trajo deudas, desánimos y profundas grietas en la fraternidad misma, con gobiernos sumidos casi íntegramente en la administración y sin energías para la animación de la misión y la vida de las comunidades.

Parece una irónica descripción de nosotros mismos, pero en la realidad son muchas las congregaciones que experimentan la misma contradicción interna percibiéndola como -lo que es realmente- una opresión.

El recorrido que va en la dirección del criterio evangélico es el gran desafío, que pide coraje, valentía y mucha comunión de espíritus. [27].

[27] En mi primera participación en la Asamblea de la USG en Roma, un superior general de una congregación francesa invitó a quienes lo desearan a reunirse al final de la jornada para conversar sobre la problemática de los «grandes edificios que ya no sirven para nada» (sic). La mitad de los presentes aceptó la invitación.

Por otra parte, debemos poner el corazón en el respetuoso y atento cuidado de niños, niñas, adolescentes y adultos vulnerables.

También en este ámbito estamos llamados a caminar al ritmo de la Iglesia dejándonos guiar por las hermanas y hermanos que tienen una mayor experiencia.

No se trata solamente de redactar protocolos o indicaciones precisas de lo permitido y lo prohibido, pues no pasa realmente por allí el problema.

En realidad, la Iglesia nos invita a mirar una realidad que sucede a nuestro alrededor y que espera una actitud compasiva y cercana.

Aquel extranjero (cf Lc 10,30-37) que recorría el mismo trayecto del desconocido asaltado y abandonado al borde del camino hizo todo lo que pudo; poniendo él mismo también a un costado sus propios proyectos dedicó tiempo y recursos a la vez que involucró a otros en la creación de un sistema de solidaridad y cuidado.

El abuso de poder, de conciencia, económico y sexual es una herida en el corazón de nuestra sociedad que suele afectar a los más indefensos.

Y nunca son hechos aislados, sino más bien estructuras conformadas en redes que tienden a transversalizarse en todos los estamentos públicos y privados porque se consolidan en el anonimato y el miedo.

Se espera de cada uno de nosotros individualmente la actitud evangélica requerida para acercarse a toda herida humana, es decir, mucho aceite, mucho vino y mucha paciencia.

Y colectivamente -pues hablamos de redes transversales- es necesaria mucha pasión, poca pasionalidad, ser lo suficientemente organizados y eclesialmente orgánicos.

 

Otra temática habitual en nuestras conversaciones es la preocupación por algunas formas de tradicionalismos presentes en las nuevas generaciones.

Si bien es un fenómeno común a casi todas las Iglesias cristianas, entre los católicos suele particularmente expresarse -en algunas regiones más que en otras- en específicas modalidades litúrgicas.

Como todo movimiento histórico, es necesario mirarlo serenamente en su complejidad y multicausalidad.

Porque suelen ser respuestas relativamente proporcionales nacidas en contextos culturales muy precisos donde, por ejemplo, predominan la constante búsqueda de profundas y nuevas experiencias espirituales junto -paradojalmente- a la secularización de la sociedad.

Los aspectos de tipo psicológicos presentes en estas búsquedas deben ser tenidos en cuenta con mucho respeto, pues evidencian realidades que, vividas intensamente, no siempre son del todo manifiestas y abordadas claramente; y de esa manera, acaban por convertirse en motivaciones personales y colectivas que, antes o después, competirán con el evangelio y la eclesialidad.

En otros casos, simpre relacionado con lo dicho anteriormente, tiene que ver con esa percepción subjetiva entendida generalmente como postmodernidad y que trae consigo aparejada una experiencia del fin de la historia.

Me refiero a los síntomas propios del cambio de época, como es la búsqueda de refugio en la abstracción del pasado -porque el presente y el futuro aparecen como amenaza- y la adopción de una rígida actitud defensiva [28].

Aunque sean movimientos diversos, muchas veces suelen presentarse como una única realidad con confines poco nítidos.

Sin embargo, el desafío se vuelve sumamente complejo al entrecruzárseles expresiones de tipo neojansenistas, como si fuesen propias.

Insisto, no son movimientos idénticos, pero al amalgamarse crean no poca confusión y dolor.

Volvemos a mencionar aquí el necesario discernimiento para distinguir la tentación del desafío.

Porque con los neojansenismos viene aparejado un Cristo sin Jesús, una unción divina sin rostro y una religiosidad que no traspasa las fronteras de los nuestros.

Y entonces el acento puesto en la ley en detrimento de la gracia se traslada a todos los estamentos de la vida.

Y en ámbitos cristianos se acaba por justificar con argumentos religiosos el ocaso de la piedad que se desata contra las franjas de la sociedad más frágiles [29].

[28] Zygmunt Bauman, “Retrotopía”, Introducción: Durante siglos, la humanidad miró hacia adelante. La «utopía» era un lugar en el futuro que construiríamos con progreso y razón. Sin embargo, en la sociedad líquida, el futuro se ha vuelto fuente de miedo (desempleo, cambio climático, terrorismo, precariedad) … se ha transformado de un escenario de esperanza en un escenario de pesadilla… El pasado, por el contrario, ha sido reclasificado como un territorio de esperanza; como un lugar donde todavía (la humanidad) puede depositar la confianza, tras haber sido expulsada de un futuro que se ha vuelto inhóspito y que ha dejado de ser el hogar de nuestras expectativas.
[29] Una de las víctimas del primer jansenismo fue san Vicente de Paul, a quien acusaban de auxiliar a los remeros de las galeras en vez de bautizarlos.

Dice precisamente Veráquin al respecto que

«como reacción al pensamiento relativista predominante en la sociedad y frente a las respuestas a menudo tibias de los cristianos, han surgido grupos que pretenden una ‘verdadera fidelidad’ a Cristo y a la Iglesia.

Se presentan con actitudes más radicales, con prácticas más exigentes —a menudo bastante rígidas— y con una fuerte determinación.

En Francia, dentro de esta línea, son particularmente notorias las corrientes de tipo lefebvrista. Pero también se encuentran fenómenos semejantes en las así llamadas ‘nuevas congregaciones’.

Muchos jóvenes, en busca de identidad, encuentran en estos ambientes un marco estructurado y tranquilizador, así como un ideal de vida simple y claro.

Lamentablemente, la experiencia ha mostrado que la pretensión de una mayor ‘fidelidad’ escondía con frecuencia graves abusos» [30].

 

Y, por último -aunque no en último lugar- no podemos dejar de mencionar que, en las últimas décadas, tanto el acontecimiento del Concilio como el ministerio del obispo de Roma han sido puestos en discusión.

«Se diría que a través de alguna grieta ha entrado el humo de Satanás en el templo de Dios. Hay dudas, incertidumbre, problemática, inquietud, insatisfacción, confrontación. Ya no se confía en la Iglesia» [31].

Muchos seguramente todavía recuerdan la voz de Pablo VI en aquella homilía, diríamos, profética.

Hacia el final de su discurso afirma que su deseo es ser capaz, «ahora más que nunca, de ejercer la función que Dios encomendó a Pedro de confirmar en la fe a los hermanos; quisiéramos comunicarles este carisma de la certeza que el Señor da a quien le representa, incluso indignamente, en esta tierra, y decirles que la fe nos da una certeza verdaderamente segura».

[30] P. Patrice Veráquin omv, ib.
[31] Pablo VI, Homilía 29 de junio de 1972.

Hermanos queridos, entre los Oblatos de la Virgen María, ni siquiera bajo apariencia de catolicidad o de exigencia teológica, se pondrá en duda de ninguna manera el Magisterio Universal del Obispo de Roma.

Aún más: no puede profesar los votos en nuestra comunidad quien -expresándolo en palabras o con acciones concretas- descrea de la voz del Espíritu de Dios manifestada en el Concilio Ecuménico Vaticano II.

El día que pronunciamos nuestros votos nos dijeron solemnemente: Lo tendrás todo en común con nosotros.

En esa sencilla declaración, la comunidad que nos acogió nos indicó el modelo con el cual debemos cotejarnos, modelo que es, al mismo tiempo, el anuncio esperanzado de que la fraternidad universal es posible en Cristo Jesús.

El modo de relacionarnos reclama una «fraternidad mística, contemplativa, que sabe mirar la grandeza sagrada del prójimo» [32].

¡Volvamos cada día, hermanos, a aquella primera y fundante experiencia cristiana que hace temblar los cimientos de nuestras estructuras por el paso del Espíritu y que, de regalo, nos ablanda el corazón!

¡Volvamos confiados a la Iglesia del Concilio, que es la Iglesia de la comunión, la Iglesia que sabe de diálogos con las diferentes realidades que habitan nuestro mundo, la Iglesia que no se apresura por procurar su propio encierro para condenar y preservarse en su pureza!

[32] Francisco, Evangeli Gaudium n. 92

3- Al modo mariano

La maternidad de María, impregnada profundamente por su actitud esponsal de «esclava del Señor», constituye la dimensión primera y fundamental de la mediación que la Iglesia confiesa y proclama respecto a ella.

Antes que nadie, Dios mismo, el Padre eterno, se entregó a la Virgen de Nazaret dándole a su propio Hijo en el misterio de la Encarnación.

Ella es la mujer fuerte que conoció la pobreza y el sufrimiento, la huida y el exilio; situaciones que no pueden escapar a la atención de quien desea secundar, con espíritu evangélico, las energías liberadoras del hombre y de la sociedad [33].

María es quien sabe transformar una cueva de animales en la casa de Jesús, con unos pobres pañales y una montaña de ternura [34].

[33] Pablo VI, Marialis Cultus n. 37
[34] Francisco, Evangeli Gaudium n. 286

El testimonio constante de tantos pueblos creyentes y particularmente marianos, pobres en ministros ordenados y en catequesis organizada, confirma que, entre ellos, la fe católica se sostiene y transmite a las nuevas generaciones a través de la sencilla devoción a la Virgencita.

Ellos suelen defenderse con mucha tenacidad de las tentaciones que pretenden despojar a la Madre del afecto de los hijos.

Tenemos mucho para humildemente aprender de esa fe del santo pueblo fiel de Dios.

Porque aprendieron a cuidar el gozo y la cercanía, incluso cuando la vida se presenta abrumada de dolores e incertidumbres.

El magnificat de María proclama sin dudar que el Señor se hace presente entre los humildes y hambrientos.

Y se acuerda de su misericordia.

Los oblatos estamos llamados a hacernos presentes allí donde la vida crece amenazada; y lo hacemos amorosamente, cuidando y protegiendo.

Del mismo modo que el anciano Bruno conservó hasta el final la memoria de las caricias con las que una madre tan buena cuidó su pequeñez, que cada hombre y cada mujer -tanto si sufre como si provoca sufrimiento en otros-, es decir, toda persona a la que seamos enviados o que simplemente encontremos en el camino, pueda descubrir en su propia vida la revolución de la ternura que, por mediación mariana, habita en nuestras manos.

En la vida del padre Bruno Lanteri, el nombre de Jesús y el nombre de María nunca se separaron.

«Porque cuando pronunciamos el nombre de María no lo hacemos como cuando llamamos a una criatura que sabemos que simplemente existe. Hay mucho más: somos conscientes de su plenitud, complejidad y grandeza» [35].

Junto a la Madre del Señor, nuestra pequeña familia oblata canta la grandeza del Señor y se estremece de gozo en Dios, su Salvador.

La donación pura, libre y perfecta de María al Padre se nos vuelve lanteriana en el momento en que cada uno hace suyo el «sí» incondicional de la Virgen.

Y en ese sentido, también nuestra entrega pura y libre se vuelve perfecta cuando por contraprarte solo ansismos la libertad de quien vive atrapado en la esclavitud, particularmente en la del pecado [36].

Con María, proclamamos la victoria de la esperanza sobre la angustia, de la comunión sobre la soledad, de la paz sobre la turbación, de la alegría y de la belleza sobre el tedio y la náusea, de las perspectivas eternas sobre las temporales, de la vida sobre la muerte [37].

[35] P. Andrea Brustolon omv, “Il cuore materno di Maria”, Neos Edizioni, 2023
[36] Cf P. Mauro Oliva omv, “L’oblazione mariana nela spiritualità di Pio Bruno Lanteri”, Roma, 2024, pág 313.
[37] Pablo VI, Marialis Cultus n.37

4- En favor de los pobres y descartados

En la sinagoga de Nazaret, con ocasión de su discurso programático, Jesús hizo suyas las esperanzas de los pobres de Yahveh: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor» (Lc 4, 18-19).

Ese día quedó claro que la realidad del pobre es estructural e intrínsecamente cristológica.

La pobreza es un fenómeno multifacético, se manifiesta en los variados rostros de quienes son atravesados por ella: aquellos que carecen de medios de sustento material, los marginados sociales que no tienen voz para defender su dignidad, y quienes sufren la pobreza moral, espiritual o cultural.

Nos referimos a la fragilidad de quien no tiene derechos, ni espacio, ni libertad [38].

El Siervo de Dios Dom Hélder Câmara expresó con simple lucidez la problemática que surge cada vez que alguien se detiene ante la realidad de la pobreza humana: «Cuando doy comida a los pobres, me llaman santo. Cuando pregunto por qué los pobres no tienen comida, me llaman comunista».

Hermanos, los invito a mirar esta doble realidad: el mundo puede admirar la filantropía, pero a menudo persigue —incluso hasta la muerte— a quien cuestiona las estructuras de pecado que generan pobreza.

[38] Cf. León XIV, Dilexi Te n.9

Dar de comer, beber o curar supone una opción por la persona, aunque el gesto parezca tan insignificante como un vaso de agua fría (cf. Mt 10, 42).

Este acto, desprovisto de segundas intenciones, crea vínculos de vida.

Es un gesto materno que no interroga de antemano, sino que genera las condiciones para que el vulnerable se haga cargo de su existencia.

El nunc coepi del pobre se pronuncia en el instante en que alguien deja de ser nadie (cf. Lc 10, 33).

En la multiplicación de los panes (Jn 6) todo comienza con una particular mirada de Jesús.

Su primera pregunta no es sobre la catequesis, sino sobre el alimento: «¿Dónde compraremos pan para darles de comer?»

Jesús razona como una madre o una abuela con la casa llena: hay que dar de comer en vez de preguntar de dónde vienen o si piensan cambiar de vida.

El corazón compasivo del buen pastor salta de gozo porque el pueblo está allí.

Esa catequesis de gestos amorosos es más elocuente que mil palabras.

Porque dar de comer no es una estrategia para evangelizar, sino que ya es evangelización en sí misma que, además prepara y espera la palabra.

Jesús sabe que los pobres viven sometidos al inmediatismo y a la dificultad de planificar a largo plazo.

Por eso, no pide lo que el pueblo no puede dar; organiza el servicio involucrando a Felipe, a Andrés y a un niño.

Todo parece poco, pero la organización fructifica cuando los destinatarios se hacen protagonistas.

De esta manera, comienza la irrupción del pobre en la Iglesia.

La opción preferencial [39] es una corriente de ida y vuelta que implica salida hacia el pobre e irrupción del pobre en la comunidad.

Este segundo movimiento suele ser el más cuestionado y circundado de prevenciones.

Porque las personas en situación de pobreza, asociadas en comunidad de hermanos, comienzan a pensar.

Y son muchos los que, escuchando el evangelio, se identifican de tal manera con el Señor y su Madre que se sienten llamados a actuar de la misma manera yendo al encuentro de quienes, como ellos, viven en estado de desprotección.

Cualquier párroco que debió organizar un comedor o un centro comunitario puede dar fe que la organización surge y se sostiene con la misma gente.

Sin embargo, los pobres organizados son una fuerza que, desde los tronos de los poderosos (cfr Lc 1,52) suele percibirse como una amenaza que hay que corregir, limitar o directamente eliminar; la descarada manipulación política también da cuenta de ello.

Los numerosos testimonios de los mártires confirman dramáticamente esta realidad, como por ejemplo los Mártires Riojanos [40] o las variadas figuras que integran el colectivo conocido como Mártires de la Amazonía [41].

[39] Algunos prefieren la sencila expresión de la Asamblea del CELAM en Medelín opción por el pobre; otros, opción profética por el pobre.
[40] El obispo Enrique Angeleli, el franciscano Carlos de Dios Murias, el sacerdote Gabriel Longuevile y el laico Wenceslao Pedernera fueron asesinados en 1976 por la dictadura militar -públicamente católica- que gobernaba la Argentina (1976-1983). Su compromiso con los más pobres en el norte argentino desató contra elos la violencia suscitada por las calumnias de las autoridades militares ligados al poder económico local. El Beato Pedernera, muerto delante de sus hijos, les ordenó antes de morir: «¡No odien!»
[41] El obispo Alejandro Labaka y la religiosa Inés Arango, asesinados en la Amazonía ecuatoriana en 1987 por proteger a los grupos indígenas del genocidio y expansión petrolera. La religiosa Dorothy Stang, muerta en Pará (Brasil) por su lucha en favor de la reforma agraria y contra la deforestación ilegal. El salesiano Rodolfo Lunkenbein y el laico Simão Bororo, muertos en 1976 por defender las tierras indígenas. A elos se suman, entre otros, Chico Mendes, Bruno Pereira y Dom Philips (Brasil), Edwin Chota y los líderes de Saweto (Perú).

La opción por el pobre no es gratuita; conlleva una cruz que puede resultar realmente pesada.

Sin embargo, es mucho más pesada la que cargan, en soledad y en perfecto anonimato, multitudes de niños, adolescentes, jóvenes, mujeres, hombres y ancianos.

¿Por qué este mundo le tiene tanto miedo a la pobreza?

¿Por qué entre los cristianos existen tantas prevenciones y miedos al servicio pastoral en favor de la organización de quienes la sociedad descarta?

«¿Por qué, aun cuando las Sagradas Escrituras son tan precisas a propósito de los pobres, muchos continúan pensando que pueden excluir a los pobres de sus atenciones» incluso apelando al carisma fundacional? [42].

No estamos inmunes de caer en la trampa de alguna ideología de moda en nuestras regiones o en eslóganes que evitan -o citan parcialmente- el Evangelio para en realidad ir a esconderse detrás de un smartphone.

Pero, si por miedo a caer no caminamos, es posible que no caminemos nunca, nos recordaría tal vez el padre fundador.

No nos está permitido separar la experiencia de la misericordia del servicio pastoral en favor de las personas que este mundo descarta.

 

Concluye Veráquin, en la mencionada carta a un hermano, recordando:

«En nuestro ministerio, encontramos a muchas personas heridas, vulnerables y frágiles.

Nosotros mismos lo somos.

Como discípulos del Venerable Lanteri, cultivamos una espiritualidad de la bondad y de la misericordia de Dios. ‘Nuestro Padre es infinito en misericordia’ [43]. ‘La característica de Jesús es la misericordia, la compasión. La característica de los hombres debe ser la esperanza. Promovamos, por tanto, ambas’ [44].

La misericordia de Lanteri se manifestaba también en la atención que prestaba a los pobres y a los enfermos, así como en la afabilidad que mostraba hacia todos.

Estábamos plenamente de acuerdo en que en el centro de nuestra espiritualidad oblata se encuentra la misericordia en toda su amplitud.

Por eso me sorprendió cuando me contaste que un hermano utilizaba un lenguaje duro y legalista en sus homilías.

El Magisterio de los últimos Papas insiste con fuerza en la centralidad de la misericordia.

Si te interesa, es muy bello el libro del cardenal Kasper sobre la misericordia, en el que desarrolla una teología de la misericordia como clave de la vida cristiana [45].

Finalmente, coincidíamos también en que las cuestiones sociales y políticas no pueden ser ajenas a nuestra tarea de evangelización.

En sintonía con el Magisterio de la Iglesia, nuestra misión promueve los valores de la vida, desde la concepción hasta su fin natural, así como los valores de la justicia social.

Las tiranías políticas y económicas que hoy surgen en el mundo nos obligan a defender los valores democráticos.

No parecías del todo convencido cuando te decía que también en nuestro mundo occidental estos valores están amenazados.

Cuando se ponen en cuestión la separación de los poderes —político, económico, jurídico y cultural—, en particular la libertad de expresión, y cuando los poderosos dejan de respetar el Estado de derecho, el peligro es inminente. ¿No te parece?

En cualquier caso, también en este campo encontramos en la enseñanza social de los Papas muchos puntos de referencia luminosos» [46].

 

Para concluir, llevemos la mirada a san Pablo quien, evocando la controversia en Jerusalén, asegura que todo terminó con un apretón de manos y el consejo de «que nos acordáramos de los pobres, lo que siempre he tratado de hacer» (Ga 2, 10).

Al igual que Jesús, Pablo y tantos otros pasaron haciendo el bien; quiera el Señor que también cada uno de nosotros y toda nuestra comunidad vista en su conjunto seamos sencillamente recordados de la misma manera: los Oblatos pasaron haciendo el bien y nunca se olvidaron de los pobres, los débiles y los sufrientes.

[42] León XIV, Dilexi Te n. 23
[43] Pio Bruno Lanteri, Pre, 6201 c:74,4,2.
[44] Pio Bruno Lanteri, Asc, 2278 : T4, 16.
[45] Walter Kasper, Misericodia. Concetto fondamentale del Vangelo. Chiave dela vita cristiana
[46] P. Patrice Veráquin omv, ib