Perdonar y pedir perdón

“Es Dios el que estaba en Cristo, reconciliando al
mundo consigo, no teniendo en cuenta los
pecados de los hombres, y confiándonos la
palabra de la reconciliación. Por eso, les
suplicamos en nombre de Cristo:
Déjense reconciliar con Dios”

(2 Co, 5,19-20)

Las celebraciones de números redondos suelen crear el clima propicio para los sinceros pedidos de perdón, unidos al propósito de ser mejores en cuanto de nosotros dependa.

Por eso, con ocasión del bicentenario de la aprobación pontificia, es conveniente inclinarnos humildemente ante el juicio del Señor y pedir perdón.

Más aún, es una muy buena oportunidad para ofrecer nuestro perdón sincero a quien nos hubiere ofendido.

Por eso, a continuación, presento algunas sugerencias:

1- Para profundizar, personal y comunitariamente, en la purificación de la memoria.

2- Para pedir perdón y perdonar, teniendo presentes algunos de los aspectos más importantes de
nuestra historia.

3- Para celebrar la reconciliación junto con el santo Pueblo fiel de Dios.

1. La Purificación de la memoria

Al papa san Juan Pablo II le debemos aquella bella iniciativa transformada en signo intenso del Jubileo del año 2000.

Purificar la memoria consiste en ese proceso orientado a liberar la conciencia -personal y común- de todas las formas de resentimiento o de violencia que la herencia de culpas del pasado pueda habernos dejado.

Requiere un acto de coraje y de humildad en el reconocimiento de las deficiencias cometidas por cuantos se gloriaron y glorían de llevar el nombre de Oblatos de la Virgen María [9].

La convicción de fondo es la profunda e incondicional confianza en la fuerza de la Verdad.

Siguiendo aquel ejemplo propuesto por el papa Juan Pablo II con ocasión de la llegada del nuevo milenio, también nosotros aceptamos la invitación a la purificación de la memoria, perdonando y pidiendo perdón.

Con el mismo espíritu de la Iglesia que pidió perdón por las culpas de sus hijos, nuestra congregación abraza a los suyos, del pasado y del presente, en una comunión real; asumiendo el peso de las culpas sobre sí para vivir la renovación del corazón y de la vida según la voluntad del Señor.

La finalidad última de todo acto de purificación de la memoria consiste en vivir la obediencia a la Verdad divina y a sus exigencias, lo que nos conduce a confesar, junto con nuestras culpas, la misericordia y la justicia eterna del Señor.

La confessio peccati abre paso a la confessio laudis dirigida a Dios, porque está sostenida e iluminada por la confessio fidei.

La Verdad que conduce, libera y salva (cf. Jn 14,6), y ante cuya sola presencia es posible reconocernos necesitados de perdón, nos apremia a reconciliarnos por Él y con Él, único Salvador del mundo, para ser capaces de ofrecer el perdón a cuantos nos hubieran ofendido [10].

La prontitud para pedir perdón y perdonar puede ponernos a la defensiva, en la medida en que aparecen temores -personales y comunitarios- de que las viejas heridas sean reabiertas y maltratadas.

Muchas veces preferimos, precisamente para evitar dolores reiterados, no tocar determinados temas.

Y, sin embargo, la experiencia nos dice que eso que intentamos evitar y posponer sigue omnipresente; está allí sin ser del todo nombrado, pero constantemente al acecho, creando y sosteniendo conductas que, por el simple paso del tiempo, terminan convirtiéndose en estructuras pesadas de las que, aun deseándolo, no podemos huir fácilmente.

Estamos invitados a pedir perdón y perdonar aquello que ha significado una ruptura con el Evangelio y cuyas consecuencias aún persisten en el presente, con riesgo cierto de reeditarse o ya muy bien camufladas y asumidas con resignación.

En ese sentido, una inteligencia correcta de los eventos y palabras del pasado nos permitirá descubrir su potencialidad y estímulo para modificar el presente, a la vez que suscitará algo nuevo gracias a la libertad de la memoria.

En este contexto, debemos estar muy atentos a la tentación de la dispersión que suele acechar a las conciencias que se disponen a la reconciliación, intentando desviar la mirada hacia una multitud de errores y fracasos, conflictos propios de la convivencia humana o antipatías personales, evitando así tocar el núcleo del pecado.

Permítanme sencillamente traer a la memoria dos ejemplos significativos que, estoy seguro, nos ayudarán a comprender mejor la invitación a la que somos convocados.

El papa Benedicto XVI, habiendo escuchado numerosas denuncias, se dirigió a los católicos de Irlanda por causa de la gravedad de los delitos de abuso «y la respuesta a menudo inadecuada que han recibido por parte de las autoridades eclesiásticas» en esa nación.

El Santo Padre se mostró cercano y propuso explícitamente «un camino de curación, renovación y reparación». A la vez que invitó a transitar ese camino de reconciliación, en nombre de la Iglesia se hizo eco de «la vergüenza y el remordimiento que sentimos todos» [11].

Posteriormente, fue el papa Francisco quien se hizo presente en el camino de sanación que la Iglesia en Chile debería asumir también por causa de las heridas de los abusos cometidos y encubiertos en las precedentes décadas.

Los enviados especiales de la Santa Sede habían manifestado sentirse abrumados por el dolor de tantas víctimas.

Más tarde, los obispos fueron convocados a Roma con el objetivo de discernir «medidas que a corto, medio y largo plazo deberán ser adoptadas para restablecer la comunión eclesial en Chile, con el objetivo de reparar en lo posible el escándalo y restablecer la justicia».

Por su parte, concluyó el Papa, «reconozco y así quiero que lo transmitan fielmente, que he incurrido en graves equivocaciones de valoración y percepción de la situación, especialmente por falta de información veraz y equilibrada. Ya desde ahora pido perdón a todos aquellos a los que ofendí y espero poder hacerlo personalmente» [12].

[9] Oración por la Congregación del p. Melis.
[10] Puede ser de utilidad la profundización del documento emanado por la Comisión Teológica Internacional, “Memoria y Reconciliación: la Iglesia y las culpas del pasado”, del 7 de marzo de 2000.
[11] Carta Pastoral del Santo Padre Benedicto XVI a los católicos de Irlanda, 19 de marzo de 2010.
[12] Carta del Santo Padre Francisco a los señores obispos de Chile tras el informe de S.E. Mons. Charles J. Scicluna, 8 de abril de 2018.

2. Perdonar y pedir perdón

Para adentrarnos en el maravilloso misterio de la compasión divina, con la simplicidad de los niños, prestaremos oído y daremos voz a la oración que el Señor nos enseñó y nos enseña cada día: «Ustedes oren de esta manera: […] perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos han ofendido» (Mt 6, 9.12).

Ciertamente, es la oración que aprendimos desde pequeños y la que ha generado más comentarios que ninguna otra; pero -y perdón por la insistencia- con la sencillez propia de los niños nos detendremos en esas pocas y precisas palabras que, como pan cotidiano, salen de la boca de Dios para iluminar nuestra peregrinación penitencial.

2.1 Senderos comunes de reconciliación

De nada servirá preparar un documento formal o una oración pidiendo perdón por los errores del pasado si cada uno, personalmente, no se hace cargo de los propios en el presente.

Por eso, la primera invitación es a dejarnos reconciliar personalmente con el Señor, para transitar este tiempo de gracia con la esperanza de ser misericordiosos, como el Padre lo está siendo con cada uno de nosotros en este preciso instante.

Sin un humilde y sincero reconocimiento del propio pecado, correríamos el riesgo de transformar el llamado a la conversión en mutuas acusaciones o en la búsqueda frenética de chivos expiatorios.

La contrición personal prepara y enriquece la comunitaria.

Porque no pudimos desentendernos del pecado del mundo, del que nos hemos hecho cómplices solidariamente y al que, con mayor o menor conciencia, hemos dado cabida en nuestras fraternidades.

Será tarea de todos reconocer humildemente que también en casa hemos vivido bajo criterios mundanos sin preocuparnos demasiado; es más, algunas veces incluso los alimentamos y sostuvimos.

En ese sentido, la mirada de santa Teresa de Ávila es muy esclarecedora, pues ella denunciaba con agudeza el daño que sufrían las jóvenes que, con altos ideales y deseos de abandonar el mundo, ingresaban al monasterio, pero tristemente no se encontraban con el Señor «en religión», sino más bien con «diez veces el mismo mundo» que habían deseado dejar atrás. «Y todo esto muy justificado y tenido por bueno. Grandísimo mal de religiosos adonde no se guarda religión» [13].

Es posible que la identificación personal con lo que mencionaremos a continuación sea dispar o incluso nula.

No es necesario ir a buscar pecados para reconocernos pecadores.

Y, como lo diremos más adelante, lo que vivió un grupo de hermanos en una determinada región y época no lo vivieron otros o, tal vez, con un distinto grado de madurez, fue reconocido y asumido con mayor simplicidad.

Perdón por la insistencia o por la redundancia: reconocer el pecado en nuestra historia común no es un eufemismo que nos permita entrar en modo acusatorio.

Por eso, dejándonos conducir por la pedagogía de Jesús, llevemos la mirada contemplativa al dolor que el mundo provoca:

  • cuando se empecina en la división;
  • cuando descarta la vida y oprime las conciencias;
  • cuando crea y sostiene trincheras ideológicas.
[13] Cf. Santa Teresa de Jesús, “El Libro de la Vida”, cap. VII.

2.2 El pecado contra la unidad

Tal vez el pecado del mundo más dolorosamente habitual sea el de la división; lo vemos cada día expresado en insultos, amenazas, guerra y muerte. Así lo testimonian las innumerables víctimas inocentes que padecen las fragmentaciones y las violencias.

 

«Pero entre ustedes no debe suceder así» (Mt 20, 26).

 

Los Oblatos estamos llamados a examinarnos regularmente respecto de la unidad (y de la división).

Es el mandamiento de la lanterianidad que mejor explica nuestra existencia en la Iglesia.

El cuidado de la unidad con espíritu de sacrificio es el primer testimonio carismático, mucho antes que la predicación a multitudes o las largas filas para la confesión de los pecados en nuestro confesionario.

«El nos mandó mantenernos unidos. La comunión, la simpatía mutua, todo esto es un deber prescrito; y el pecado y el daño surgen de tener muchos partidos, de separarse de ese cuerpo único que Él ha designado; pues cuando los hombres dividen la única Iglesia de Cristo en fragmentos, contribuyen a destruirla por completo» [14].

 

Patrice Veráquin, en una carta dirigida a un hermano, hace memoria del encuentro entre ambos y, al señalar algunos acuerdos, recuerda que

«hablábamos de los desafíos del mundo actual y de cómo nuestro carisma lanteriano puede ayudarnos a evangelizarlo.

Nuestra conversación se centró rápidamente en un desafío que hoy nos parece particularmente decisivo: el de la polarización de los espíritus.

Eres testigo, como yo, de esta tendencia que hoy se manifiesta en los ámbitos de la política, la cultura y la religión. Los individuos o los grupos son identificados (o se identifican a sí mismos) como contrapuestos entre sí a partir de categorías sociológicas algo reductivas, aunque significativas: izquierda – derecha, liberales (woke) – conservadores, progresistas – tradicionalistas, etc.

Los juicios con los que se interpelan mutuamente suelen ser duros, tajantes e intolerantes.

Los algoritmos, además, no contribuyen precisamente a serenar el debate.

Me preocupa, como te decía, que en este proceso de polarización los sentimientos religiosos sean con frecuencia instrumentalizados por la política.

De este modo, simples opiniones políticas quedan revestidas con un carácter absoluto.

Las consecuencias de ello son, como podemos imaginar, profundamente problemáticas” [15].

 

En ese sentido, reconocemos con humildad que no siempre hemos sido testimonio de unidad en la Iglesia; muchas veces nos hemos enfrentado entre hermanos, incluso apelando al carisma y a la vida del Fundador para sostener conflictos, justificar miradas unilaterales y validar proyectos individuales que solo llevaban por título nuestro propio nombre.

 

El pecado contra la unidad ha asumido variados rostros entre nosotros y contra nosotros.

Pidamos perdón humildemente, sin atenuantes ni acusaciones, con vergüenza y propósito de enmienda: “Señor, sabes que te quiero”.

[14] John H. Newman, “Sermones parroquiales y sencilos”, volumen 7, sermón 17.
[15] P. Patrice Veráquin omv, Rector Mayor, “Carta a un hermano”, 10 de febrero de 2026.

2.3 El pecado contra la dignidad de las personas

Este mundo, «todo entero bajo el poder del Maligno» (1Jn 5,19) enseña a descartar la vida y a oprimir conciencias porque se puso al servicio del dinero.

 

«Pero entre ustedes no debe suceder así» (Mt 20, 26).

 

«Los hombres son tratados como objetos cada vez con mayor naturalidad, en una gama que va desde las innumerables formas de comprensión estadístico-administrativa hasta las opresiones inconcebibles del individuo, de grupos, e incluso de pueblos enteros. Y esto no sólo en situaciones excepcionales y en el paroxismo de la guerra, sino, como forma normal de gobierno y administración» [16].

Peter Gojuk recuerda su ingreso a la Congregación y sus primeras etapas vividas en la comunidad en Roma y reconoce que:

“yo también sentía una llamada al sacerdocio, pero los cambios que se estaban dando en muchos seminarios de los Estados Unidos no me atraían cuando era un joven muy joven.

Un día conocí a un seminarista oblato estadounidense; todo lo que decía de la Congregación me impresionó profundamente.

Decidí entonces informarme más: me pareció que era el lugar perfecto para mí, exactamente lo que estaba buscando.

Con el tiempo me di cuenta de que también estaba muy presente una persona que, el sentido común y la intuición me decían que algo en aquella situación no estaba del todo bien.

Los superiores me dijeron que rezara y estudiara con dedicación.

Yo era consciente de que algunos de mis hermanos -buenos hombres- no eran plenamente libres en el discernimiento de su vocación debido a la influencia de este hombre.

Cuando años más tarde se puso en duda su veracidad, también se tambalearon las vocaciones de aquellos jóvenes a la vida religiosa, al sacerdocio y a los Oblatos en particular.

La Congregación atravesó una crisis muy dolorosa.

Fue muy lamentable que tantas buenas personas resultaran heridas por aquellos acontecimientos.

Creo que, dadas las circunstancias, la Congregación afrontó la situación lo mejor que pudo.

Sin embargo, como grupo pequeño y humilde, debemos continuar haciendo lo que siempre hemos tratado de hacer: anunciar el Evangelio de Jesucristo.

Debemos dejar el pasado a la misericordia de Dios y el futuro a su divina Providencia” [17].

 

Reconocemos que, como Congregación, en algunos momentos de nuestra historia no supimos estar a la altura de la misión recibida y descuidamos las conciencias de los jóvenes que querían discernir su vocación y seguir al Señor en la vida religiosa o, sencillamente, deseaban ser mejores.

Y se crearon, casi sin advertirlo, dinámicas de vida comunitaria en las que muchos de ellos se sintieron obligados a aguardar con paciencia y entrega a que llegaran tiempos mejores para vivir su consagración con mayor plenitud; otros prefirieron ocultar su personalidad y sus búsquedas más hondas para no sentirse marginados, mientras que algunos hallaron un modo legitimado para ejercer poder sobre sus pares.

Y, entonces, algunas conciencias fueron manipuladas y quedó expuesta la intimidad de algunas personas.

 

El pecado contra la dignidad de las personas ha asumido variados rostros entre nosotros y contra nosotros. Pidamos perdón humildemente, sin atenuantes ni acusaciones, con vergüenza y propósito de enmienda: “Señor, sabes que te quiero”.

[16] Romano Guardini, “El ocaso de la Edad Moderna”. Ed. Guadarrama, Madrid 1963.
[17] P. Peter Gojuk omv, Rector Mayor, “Solo puedo dar cuenta”, 2 de febrero de 2026.

2.4 El pecado contra la riqueza del carisma

El mundo suele encerrarse en innumerables trincheras ideológicas desde las cuales dispara contra todos, convirtiendo su percepción de la realidad en la única y definitiva verdad.

 

«Pero entre ustedes no debe suceder así» (Mt 20, 26).

 

«Sinfonía quiere decir consonancia, armonía. El contraste entre los distintos instrumentos ha de ser lo más acusado posible. El mundo es equiparable a una gran orquesta, que hace sonar todos sus instrumentos. La pluralidad de instrumentos adquiere sentido cuando interpreta, bajo la dirección de Cristo, la sinfonía de Dios. La unidad de la composición procede de Dios. Por eso el mundo era y es plural, y lo seguirá siendo cada vez más. Evidentemente, el mundo no puede abarcar de una ojeada su propio pluralismo, porque la unidad nunca ha radicado en él, ni antes ni ahora. Pero el sentido de su pluralismo no consiste en rechazar la unidad que radica en Dios y que es comunicada por él, sino en adherirse a la sinfonía y en ajustarse a la unidad que está por encima» [18].

El padre Julio Cura, Rector Mayor, solía repetir que el carisma de la Congregación es como un licor que recoge y crea su sabor abrevando en variados tipos de plantas y flores, todas ellas cultivadas en el campo común de la Iglesia y que aun estando al alcance de todas y cualquier mano se necesita realmente una cierta sabiduría para conjugarlas armoniosamente e integrar la disparidad de sus elementos.

La genialidad de Lanteri, decía Julio, consiste en haber sabido destilar ese licor sabroso, considerando algunos elementos y descartando otros.

Ese destilado hoy lo produce la Congregación entera, el cuerpo en su totalidad y cada uno de sus miembros sin exclusión de ninguno; y sin embargo, nadie en particular podría reclamar para sí la totalidad de la expresión de un sabor poliédrico y siempre nuevo en el conjunto de sus matices.

Reconocemos que no siempre supimos acoger y transmitir la armonía y la diversidad del carisma de nuestra familia religiosa; por el contrario, hicimos lecturas fragmentadas y desprovistas de criterio eclesial. Involucramos a muchos hermanos laicos en nuestras parcialidades, llevándolos a enfrentamientos que a muchos de ellos terminaron alejando de la Iglesia.

Hemos medido en nuestros hermanos -y perdón por la expresión que robé de una hermana- la cantidad de lanterianidad en sangre, para luego fallar a favor o en contra de si hubo o si sigue habiendo suficiente fidelidad al Fundador.

Nos hemos sentido obligados a defendernos levantando muros.

Entonces, unos fuimos de san Ignacio y otros de san Alfonso; unos de Lanteri y otros de Reynaudi; unos de los ejercicios y otros de las parroquias…

Logramos que para algunos lo sagrado se les tornara indiferente y las tradiciones de familia, difíciles de sobrellevar.

 

El pecado contra la riqueza del carisma ha asumido variados rostros entre nosotros y contra nosotros. Pidamos perdón humildemente, sin atenuantes ni acusaciones, con vergüenza y propósito de enmienda: “Señor, sabes que te quiero”.

[18] Hans Urs von Balthasar, “La verdad es sinfónica”, Ed. Encuentro, Madrid. 1979

3. Celebrar la reconciliación

Probablemente, algunas comunidades no se verán reflejadas en los tres pecados del mundo mencionados anteriormente, pero sí reconocerán otras cuestiones que, aunque no fueron citadas aquí, han ocasionado no pocos conflictos y amarguras.

En cualquier caso, pedagógicamente conducidos por los Superiores Mayores y Delegados iremos reconociendo nuestro propio pecado con su consecuente necesidad de perdón para luego ponerlo en palabras y finalmente convertirlo en oración y celebración fraterna.

Por eso, cada uno de nosotros debe examinar la propia conciencia, sabedor de que forma parte de una comunidad que lo precede y acoge.

La sinodalidad se expresa también en el modo en que transitamos, asumimos y ofrecemos el perdón.

Por eso, el camino no debe andarse en soledad, pues tocaremos heridas y, algunas en particular, nos exigirán un mayor cuidado y dedicación.

Proteger sin exponer el dolor del hermano, caminar sin prisa, respetar tiempos y resistencias personales, comprender los miedos y sensaciones de vértigo, todo será una delicada expresión de que el amor fraterno es genuino y reparador.

Mientras pedimos perdón por los errores cometidos, es necesario reconocer la importancia de la reparación allí donde sea posible.

El Santo Padre, al igual que sus predecesores, insiste de manera perseverante en la urgencia de escuchar a las víctimas, invitándonos a no pasar de largo ante su dolor y a brindar suficiente espacio en nuestro corazón de pastor para sanar y renovar la esperanza.

Esta actitud, más allá de ser una exigencia moral, es una llamada a la transformación interior y a la construcción de una comunidad más justa y compasiva.

Los gestos concretos de reparación que podamos ofrecer se convierten en una manifestación clara de nuestro deseo de vivir conforme al evangelio.

Les propongo, entonces, un período de un año para realizar este camino de reconciliación de modo que, desde el 1 de septiembre de 2026 hasta el 1 de septiembre de 2027, cada Delegación y Provincia tenga la posibilidad de acercarse al perdón con gozo penitencial y celebrarlo comunitariamente con corazón humilde ante el Señor, como el publicano en el templo.

En el marco de los 200 años, las comunidades unidas en una única jurisdicción -conducidas y animadas por sus Superiores Mayores y Delegados- deberán dar forma a su propio modo de preparar y celebrar la reconciliación, de acuerdo con sus comunes tradiciones espirituales y culturales.

Porque cada Delegación y Provincia lleva consigo su propia historia al punto que sus propias encrucijadas no siempre están ligadas al cuerpo entero de la Congregación; sin embargo, esas realidades experimentadas siguen siendo muy significativas para los hermanos que han vivido y servido en esos lugares.

A nivel de Congregación, esa tarea corresponde al Capítulo.

Durante la preparación del próximo, una comisión ad hoc elaborará una propuesta escrita para ser presentada ante la Asamblea Capitular, teniendo en cuenta el camino realizado en las diversas Regiones.