En Belén hay un lugar para la humanidad
p. Luis A. Costantino Avila omv
Los encierros
Estoy a la puerta y llamo (cfr Ap 3,20) parece decir María a las puertas de Belén.
En Belén, la más pequeña, y contemplando ese Pueblo, tal vez María acuñó las bellísimas palabras de consuelo que le regalaría a Juan Diego en el Tepeyac: Juanito, hijo mío el más pequeño, ¿No estoy aquí, yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?
Y, sin embargo, no había lugar para ellos.
Podríamos encontrar múltiples explicaciones al miedo que, devorando los corazones humanos, los conduce a la cerrazón. Seguramente acertaremos con las ancestrales motivaciones psicológicas para atisbar los por qué de un grupo humano para cuadrarse definitivamente en sus no.
Pero nos quedaremos en silencio ante la tozudez del amor de Dios que, a la vez que llama a la puerta, seguirá preguntando en labios de María: ¿qué te preocupa, hijo mío?
Las puertas cerradas para ellos es nuestro hombre viejo atrapado en preocupaciones enceguecedoras, esas que nos incapacitan para tomar contacto con la realidad y con el dolor humano. Es así, las preocupaciones – nos lo recuerda la parábola (cfr Mt 13,22)- se sincretizan con la seducción de las riquezas y acaban por sofocar la Palabra de ternura que, a pesar de todo, inexorablemente continuará pronunciándose en la maternidad de esta Mujer vestida de Pueblo.

El no-lugar
La tenacidad y la ternura de José y María convierten en lugar ese espacio que no le permitía a la Vida construir su propia morada. Así suelen ser las cosas de Dios. A él le bastan cinco justos para sostener la historia de una ciudad, se hace presencia en el más pequeño de sus hermanos, sale a buscar hasta encontrar la oveja que se le había apartado, pone al centro de su comunidad a un niño abrazado por él, no apaga la mecha que arde en debilidad.
Las cosas del Señor suelen venir así, envueltas en pañales de pequeñez. El Señor no aturde ni apabulla con su presencia, nunca lo hace. Está tan profundamente convencido de la potencia de la Verdad que la vuelve presencia frágil, sin visos de amenaza.
Contemplando al Niño del pesebre podemos también nosotros transitar el mismo camino de conversión que transitó el Bautista: ¿Eres tú? ¿O debiéramos esperar aún? (cfr Mt 11,3).
En el llanto del Niño, en la pobreza de sus padres, resuena la bienaventuranza entregada por el Señor a Juan: ¡Feliz aquel para quien yo no sea motivo de tropiezo! (cfr Mt 11,6).
Tropezamos cuando no nos duele que los niños sigan naciendo y muriendo en no-lugares. Tropezamos cuando la compasión se ausenta de nuestros juicios. Tropezamos cuando leemos la realidad sin criterio evangélico. Tropezamos cuando nos hacemos estrategas del éxito mundano. Tropezamos cuando evitamos tropezar con quienes sufren a causa de la injusticia.
María, madre del amor hermoso,
cantamos contigo que Dios es el Señor de su Pueblo.
Cantamos contigo porque anhelamos ser plenamente humanos.
El Todopoderoso hace grandes cosas, María, lo sabemos.
Lo confesamos.
Por eso, cantamos contigo la esperanza de todos los pobres de la tierra.
Y alabamos en la cuna de Belén
al que extiende para siempre su misericordia,
al que eleva a los humildes,
al que colma de bienes a quienes tienen hambre.
Alabamos, lo reiteramos, al que no se olvida de su misericordia.
María, madre de la ternura,
contigo y con José nos abrazamos a tu Niño
para unirnos así a todo hombre y a toda mujer
con quienes Jesús se hizo hermano y solidario.
Nos abrazamos a tu Niño, María,
no para hacerlo nuestro,
sino para ser definitivamente suyos.
Amén.
Feliz Navidad.






