La semana pasada, la liturgia nos propuso contemplar el gesto misericordioso del Maestro.
En esos día nos invitaba a soltar las piedras y a abandonar la actitud lesiva de la dignidad humana; además, nos permitió oir en primera persona la suspensión de la condena, como es habitual en él, una vez más.
La Semana Santa y el Triduo Pascual son días de oración intensa, de celebración con el Pueblo, de mucha escucha de pedidos de perdón y de sinceros deseos de conversión.
Te invito entonces a orar con la mujer reconciliada a causa del amor y no en virtud de la fuerza de ninguna piedra.
Esa mujer salvada de la muerte, ¿habrá acompañado luego a Jesús hasta el Calvario? ¿Estuvo entre el grupo de las mujeres de Jerusalén que lloraron a Jesús como a su propio hijo? ¿Habrá madrugado, al alba del primer día de la semana, para llevar los perfumes al sepulcro? Tal vez intuía que la gran piedra, como la que le había asfixiado la vida, ya había sido removida. “Me llamó mujer”, parece repetir en medio de la gente. No es pequeño su testimonio. Nos sigue sorprendiendo, nos vuelve a convocar al majestuoso silencio capaz de contemplar la real capacidad del perdón. Y nos invita a asumir en nuestra propia carne el riesgo de quien perdona (Jn 8,59).
Cuántas mujeres -la Iglesia Madre- descubren su identidad cada vez que Jesús las nombra. Es que en la voz del Señor descubro quién soy. Habito, habitamos en su Palabra.
La potencia de su mansedumbre no sólo redirecciona las piedras contra nadie sino que, además, las vacía de sentido. Jesús sabe que no es posible vivir acumulando piedras a la espera de alguna ocasión propicia para su lanzamiento.
El corazón de piedra -ese que Dios prometió cambiarnos por otro de carne- no se construye de la noche a la mañana. Porque el rencor, las violencias, los enojos, las tristezas se nos acumulan y acabamos viviendo con los
dientes apretados, nos acostumbramos a señalar la vida de los otros para defendernos del grito ahogado de nuestra propia conciencia. La existencia se nos vuelve una carga cuando entregamos tiempo y energías a la
protección de las piedras en las que depositamos la responsabilidad de cuidarnos contra el mal y el pecado del mundo.
La Pascua es tiempo para soltar las piedras y reconocer que las llevamos escondidas -a veces sin percibirlo claramente- entre los intersticios de nuestros discursos y andar cotidiano.
No podemos sentarnos a la mesa con los hermanos si todavía acariciamos alguna en nuestros bolsillos, incluso pequeña. Tampoco podemos sentarnos a la otra Mesa.
Aquellos hombres que, ante el desafío de Jesús, se deshicieron de sus violencias marchándose uno detrás del otro, imitando a los ancianos, ¿lo habrán acompañado hasta el Calvario? ¿Hicieron parte del grupo de quienes, a semejanza del Cireneo, desearon alivianarle la carga? Al fin y al cabo, también ellos fueron liberados. ¿O simplemente conservaron la ilusión de un mejor momento para volver sobre sus propios pasos y
recoger las piedras? Triste vida la de quien desea reunirse con sus propios rencores.

Al final de los tiempos, cuando nos encontremos con el Buen Pastor, él nos mostrará sus manos traspasadas, memoria del amor desmedido del Padre. No estarán cuidadas ni preservadas sino cubiertas de callosidades hijas del calor de la madera más que del frío de la piedra.
Que aquel encuentro no te sorprenda con ninguna antigua piedra acurrucada en tu carne. Arráncala hoy mismo de ti y serás -sin ella- definitivamente tú mismo.
La pedagogía del amor invita con tenacidad a vivir indefensos, en la pura intemperie, protegidos sólo por el perdón misericordioso que hemos recibido y estamos llamados a entregar.
Que en esta Pascua el Señor de la Vida nos arranque del pecho todo vestigio del corazón hecho de piedra y nos bendiga con uno nuevo, distinto, humano, semejante al suyo, hecho de su propia carne.
¡Feliz Pascua de Resurrección!








